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  • Diario Digital | sábado, 19 de septiembre de 2020
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Patriarcado, poder y propiedad

Patriarcado, poder y propiedad

Durante el incario, el adulterio del hombre era cuestionado si implicaba a una mujer casada, la que era considerada prostituta desde que cometía el adulterio. Las mujeres públicas o prostitutas eran permitidas por los incas, para evitar mayores daños y vivían alejadas de los poblados cada una de por sí y no juntas. Estas mujeres no podían entrar al pueblo, menos hablar con otras mujeres. Se las llamaba pampayruna, que viene de dos palabras: pampa que es campo llano y runa que significa persona. 

Las pampayruna tenían que vivir atemorizadas por su oficio. Los hombres las despreciaban, a tal punto que las mujeres tenían prohibido hablar con ellas bajo pena de darles el mismo apelativo, incluso de ser trasquiladas en público, al mismo tiempo que obtenían el repudio de sus maridos. A los hombres que oficiaban de explotadores de estas mujeres, se los castigaba públicamente y si perseveraban en el vicio, se los mataba. El trabajo más antiguo del mundo era bastante conocido, prueba de aquello, según Bertonio, en lengua aymara existe una cantidad considerable de vocablos para definir a las pampayruna. 

También la homosexualidad era castigada. Los incas ejercieron influencia firme en contra de la sodomía. Sin embargo, Cieza de León afirma que existían mozos en templos incaicos y aclara, que desde su niñez aquellos estaban en estos lugares, para que cuando se hiciesen sacrificios solemnes usasen con ellos el pecado nefando de la sodomía, considerada propicia para la potencia viril. También, Garcilaso nos señala que antes que los incas dominasen existía la prostitución religiosa de sodomitas en algunas etnias. “Hubo sodomitas en algunas provincias, aunque no al descubierto”. 

Fernanda Molina, en su tesis Sexualidad, poder e identidad entre los sodomitas coloniales en los siglos XVI – XVII, puntea: En el Virreinato del Perú, los vínculos sodomíticos entre hombres se desarrollaron en el marco de relaciones sociales, culturales y étnicas desiguales; que las instituciones como los monasterios, eran lugares propicios para realizar relaciones coercitivas entre varones. 

Es así que en nuestra América, durante la colonia, se establecieron relaciones de poder a partir del paradigma actividad/pasividad sexual, según el cual se desarrolló el rol de perpetrador en contraposición del que era el sujeto de la relación. Esta conceptualización también reflejó el estereotipo sexual de género de la época, que atribuía al hombre la potencia sexual y procreadora, mientras que, se identificaba a la mujer como sexualmente pasiva. 

De manera que una de las particularidades de la masculinidad dominante, implicaba afirmar esa sexualidad de dominio y potencia sexual no solamente sobre las mujeres, sino también sobre jóvenes. De este modo, al tiempo que se sodomizaba y feminizaba a un congénere, se reforzaba la hipermasculinidad. El patriarca sometía a la esposa y también al conjunto de la familia ampliada como los criados y esclavos, a los cuales se los consideraba menores de edad. 

Así, el poder de los adultos para sodomizar a niños y jóvenes derivaba de la lógica patriarcal basada en la edad, el estatus social y condición étnica. Es decir ¿podríamos deducir que las violaciones o delitos sexuales son la evidencia del sentido patético propietario?