Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de septiembre de 2020
  • Actualizado 13:54

Opuestos y complementarios

Opuestos y complementarios
Somos testigos de mucha incertidumbre respecto al futuro inmediato. El mundo entero está viviendo indecisiones. Algunos países han podido controlar relativamente (hasta ahora) el tema que más nos preocupa. Las ciencias sociales están tratando de dar respuesta a varias interrogantes. Muchos análisis sociales y políticos pretenden coincidir en base a dos conceptos aparentemente antagónicos.
El biopoder y la necropolítica. El primero se refiere al poder sobre la vida a través de normativas de dominación, como las leyes y políticas públicas. Esto garantiza que la sociedad mantenga su statu quo racial/social. El segundo se trata del poder de dar muerte con tecnologías de explotación y destrucción de cuerpos, tales como masacres, feminicidios, esclavitud, comercio sexual y desapariciones forzadas. Estas dos categorías no son excluyentes la una de la otra, es más, se retroalimentan entre ambas.
El filósofo Foucault intentó establecer cómo funciona el poder y cómo somete a las personas al imponer normas sin ser conscientes de ello. Para esta filosofía, el poder consiste en conducir conductas que no actúa sobre las personas, sino sobre las acciones, induciéndolas, dificultándolas, limitándolas o impidiéndolas. Así, las relaciones de poder se vuelven de dominación.
En esta coyuntura mundial, se debe hablar del biopoder, proceso que se centra en el nacimiento, muerte, reproducción, migración y la enfermedad. Elementos, cuyo objetivo ya no es el cuerpo individual sino la regulación de la población como cuerpo político. A través de este abordaje, como marca Foucault, se trata de asesinatos indirectos (genocidios) porque es el Estado que intencionalmente no hace nada para evitar la desaparición de poblaciones enteras.
De forma que el campo biológico controlado por el biopoder se fragmenta en una jerarquía de razas o clases sociales, siendo los más vulnerables y abandonados los que están en la parte inferior de dichas categorías. Las herramientas para tal cosa son las estadísticas, el control natal, las políticas públicas, es decir, todo aquello que sirva para vigilar y regular la población.
En ese entendido, hemos de hablar de tres elementos que en estos momentos intervienen para controlar biopolíticamente: la enfermedad (cuarentena); la muerte (miedo frente a un enemigo invisible) y, otro elemento que no se lo puede abstraer, el de la migración. En el sentido que la regulación de la migración tiene como fin definir el estatus, porque representa una amenaza sociopolítica fomentada por el virus racial, donde el Estado solo está presente en la ley, a través de la exclusión.
Por otra parte, en la necropolítica, el objetivo es la regulación, no de la vida, sino de la muerte. Cuando el biopoder se fragiliza, comienza el necropoder: accionar de gente insensible, improvisada e inhumana, pues en este mundo, valen más las amenazas que los diálogos y el odio más que la solidaridad.
Sin embargo, el necropoder también se impone por improvisación y/u omisión. Miramos nuestro contexto y nos damos cuenta que médicos, enfermeras, policías y otros vulnerables, no disponen de implementos de bioseguridad que garantice lo único que poseemos, o no, que es la vida. Es así que el necropoder se campea imperturbable con el aliado COVID-19.