Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 23 de septiembre de 2020
  • Actualizado 12:07

Mirándonos por el retrovisor

Mirándonos por el retrovisor

No es casualidad que Bong Joon-ho al abordar el tema de clases sociales proponga: “El recurso del olor encajaba en ‘Parásitos’ porque el olor no es algo de lo que hablas en tu vida diaria; es algo muy íntimo y que solo puedes sentir cuando estás muy cerca de alguien”. Así, el final de la peli, desemboca por el sentido identitario, en un intento de proyección de una clase social que huele a jabón barato, a ropa mohosa, a sobrevivencia y pobreza.    

Parece ficción que los olores sirvan como distintivos de grupos y se los utilice como marcadores de estatus y estigma social. Y, aunque no lo crea, la antropología analiza cómo influye el olor en las relaciones entre los individuos, los grupos étnicos y sociales. La discriminación olfativa no solo se asienta en prejuicios raciales, sino también en prejuicios sociales.

Marx utilizó una serie de metáforas para describir a sus correligionarios, para él, era repulsivo el olor del comerciante judío; los japoneses decían que los europeos olían a manteca. En Francia, en los siglos XVIII y XIX se creía que todas las clases sociales tenían un olor característico (campesinos, pobres, negros, prostitutas), lo que reflejaba la moral de la población. Ahora, el estereotipo del hombre es que huele mal, por eso la publicidad hace hincapié en desodorantes, colonias, talcos para pies, lo que sugiere que la mujer desea un hombre rudo y que “huela a hombre”; y, la mujer, mientras más alta es la clase social, tenga olor dulce.   

Ahora bien, ¿qué papel juega el olor en la interacción social en términos de relaciones de clase, de etnicidad y de género? El simbolismo es utilizado para legitimar las diferencias de poder y también para que esas diferencias sean desafiadas de manera personal. La pregunta surge cuando se piensa en la representación social y política de los significados. 

Mientras tanto, la historia subjetiva que se construye cotidianamente, se profundiza a medida que surgen elementos para mirar por el retrovisor de la vida, como el de una clase donde se abordó el racismo, en la que pedí a las estudiantes que narren alguna experiencia, si es que la tuvieron, de racismo o exclusión. 

Rápidamente surgieron voces donde con lágrimas en los ojos, una de ellas narró cómo discriminaron a su niña en un parque infantil. Otra dijo: “nosotros licen, olemos a tierra, a lana de oveja, porque trabajamos en el campo y olemos a leche ordeñada y no tenemos vergüenza porque es trabajo digno; pero subimos al trufi y la gente nos mira mal, se hace a un lado y se tapa la nariz”. 

Y paseando por las redes, se leen agravios haciendo hincapié en la “hediondera”, recordando a través de ello, el lugar del “otro” como clase social indeseable; la historia de pongos; de pobres; de hordas; de indios salvajes. 

En suma, la ideología del olor está asociada a la colonialidad y racismo; así, el blanqueamiento cultural pasa también, por tener otro olor, cuyo paralelismo está entre lo bello, blanco y decente. Finalmente en Parásitos, el fondo del mero asunto es el olor del pobre. La polarización dicotómica de lo bueno como fragancia y lo malo como apestoso, constituye el máximo poder que se ejerce en sociedades excluyentes. El desenlace burgués es cruel: lo que huele bien es bueno; lo que huele mal es malo.