Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de septiembre de 2020
  • Actualizado 12:22

El prejuicio hacia la mujer tiene un valor instrumental utilizado por la sociedad patriarcal para conservar los privilegios de los hombres y excluir a las mujeres. 

El prejuicio no se agota en el análisis de las relaciones concretas entre mujeres y sociedad; es necesario centrarse en el estudio del problema en sí, valiéndose de categorías que nos puedan aportar las teorías psicosociológicas, amén de los debates sobre la relación entre cultura y personalidad que se producen en el campo de la antropología. 

En esta perspectiva, es importante señalar la presencia de determinadas actitudes en la sociedad pues la reproducción social de los prejuicios y miedos se visibiliza en la frustración y la agresión. Entonces tendríamos que volcar nuestra mirada hacia las tensiones que derivan de aquello, una agresividad que se descarga constantemente en el grupo más vulnerable. 

Hasta el momento desconocemos las causas de tanta violencia hacia la mujer y preferimos permanecer en el limbo, sin tener ambiciones, sueños, o metas por cumplir. Pero es innegable que la mayor afrenta que tiene la mujer es el encontrarse con personas, hombres o mujeres, que le coartan la libertad de pensar y actuar como ser humano. 

Los hombres violentos consideran a la mujer una cosa, nunca persona, y eso les sirve para acrecentar su ego. Y en ese contexto, el comportamiento de rechazo agresivo y aterrorizado del misógino se lo encuentra en el cotidiano: miradas, burla, desprecio, palabras, desaire, indiferencia.  

Sin embargo, en este universo varonil, no todos son depredadores. Hay muchos que rehúsan la violencia estructural que se ejerce contra la mujer. Lamentablemente, esta comprensión del reconocimiento de los derechos humanos no es extensiva a la sociedad y muchas veces, el hombre equilibrado que maneja un discurso diferente frente al misógino, es cuestionado y blanco de burla.

Para entender este enmarañado de contrariedades, las mujeres no solo son marginadas, sino también segregadas a condiciones secundarias. Entonces, si la mujer no se esfuerza lo suficiente para vencer la barrera hostil del micromachismo, inserto en lo más profundo de las instituciones, y no logra salir adelante; en este contexto se entablan altercados frente a la actitud machista. Enseguida viene la respuesta violenta, simbólica o física, hacia la persona que osó cuestionar el enfermizo orden patriarcal. 

Hoy, estamos viviendo una ola de violencia hacia la mujer nunca antes vista. Sugiere que existe un tipo de personalidad que genera disposiciones que son activadas o no de acuerdo al contexto social. Por eso será importante poner de manifiesto el entorno sociocultural, principalmente en el proceso de socialización y en la educación formal, gestora de un tipo de personalidad autoritaria. 

En suma, los discursos contra la violencia, pareciera que estuvieran errantes en ciertos momentos, y en otros, toman relevancia, sin embargo no pasan de ser cantos de sirena. Esta problemática no podemos fragmentarla, la violencia genera violencia y la condiciona. 

Pregunto ¿por qué durante los conflictos de noviembre, no se conocieron hechos de violencia hacia la mujer? Quien sabe los hubo, pero la sociedad estuvo absorta inyectando su implícita violencia hacia otro objeto.