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  • Diario Digital | sábado, 19 de septiembre de 2020
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Las formas del castigo

Las formas del castigo

Es interesante el abordaje de Foucault sobre la relación entre el castigo y las formas de poder en la sociedad; igualmente como configura la relación entre el poder y el conocimiento.

Hacia fines del siglo XVIII se produce un desplazamiento de las formas de castigo, que era el del espectáculo de los suplicios, hacia un castigo que tuviera relación al daño producido. Dicha práctica Foucault la caracterizó como la sociedad de la soberanía. Uno de los objetivos de esta nueva forma era llevar en sus cuerpos la cicatriz del delito que habían cometido. Si la infracción era menor, la pena también lo era; de lo contrario, si el delito se suponía de gravedad, la pena era la guillotina, la hoguera, la mutilación, etc. Aquí vemos que impera la acción sobre el cuerpo, la que dictamina la justicia.

Esta situación, hacia mediados del siglo XIX se ve desplazada del centro de la punición, esto quiere decir que no había supresión del castigo, sino más bien, un cambio de centro. Así, comienza el castigo a través de la pérdida de bienes o derechos, y no como anteriormente en los cuerpos. No obstante, coexistían ambas formas de castigo. De hecho, afirma Foucault, “en la prisión siempre ha existido sufrimiento corporal”; por lo tanto, un cambio de foco no supone la desaparición del cuerpo en el castigo.

Ahora bien, ¿es posible pretender la humanidad en el castigo? ¿Habrá humanidad para castigar? En esta transposición, cuando el cuerpo ya no es el foco principal, es sustituido por el alma, porque a través de este medio existe un control sobre el individuo que va más allá y que sirve para neutralizar al castigado. Foucault piensa que de este modo, la pena se humaniza, porque no recurre a la violencia física haciendo un espectáculo e instaurando el terror, sino, que “la justicia ubica conductas normales sobre las que se basará para ejecutar la pena”. En todo caso, la sociedad es juez y parte al mismo tiempo; todos nos permitimos ser famas o cronopios.

Con todo, es muy fácil advertir cómo se producen los cuerpos dóciles para que su manejo resulte sencillo, lo que es más fácil aún, no solamente tener el control de la vida, sino de la conveniente muerte, porque cada individuo convive con la ley de una manera natural, donde la norma es “aprender los buenos hábitos”. Entonces, la consideración de la humanidad del castigador tendrá como resultado la producción de un sujeto moral; en definitiva crearlo como quiere el poder.

Al respecto, estos días vivimos momentos de confusión frente a la situación de Patricia Hermosa, Jefa de Gabinete del gobierno anterior. Las circunstancias son alarmantes, es más, aparentemente hay personas que disfrutan con la detención de una mujer que en la cárcel ha sufrido un aborto por negarle atención oportuna, además deslegitimando su dignidad con insinuaciones machistas y misóginas; para justificar la violación de derechos humanos que está atravesando la detenida.

También recuerdo a José Bakovic y en el odio absurdo del poderío que terminó con su vida. ¿Por qué inocentes pagan la angurria del poder político?

Muchas preguntas y una respuesta: castigar el alma. Y para tal cosa es suficiente sentirse empoderado, controlar y mentir. El reto humano deberá ser vencer el deseo de castigar. Pienso en George Floyd.