Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 04 de febrero de 2023
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En Adviento…

Estamos viviendo momentos donde la virtualización de la realidad se impone en nuestra vida cotidiana al dejar emerger, tal cual torbellino, las relaciones interpersonales totalmente fragilizadas. Vivimos tan rápidamente que cuando nos damos cuenta, los cambios ya se produjeron en medio de la intolerancia, los desacuerdos y, muchas veces, las ofensas. 

La historia se acelera, se reducen las fronteras, el tiempo y el espacio se vuelven relativos, se acortan las distancias físicas pero las del alma se profundizan, los conflictos se vuelven intensos y el arte de la política, no nos sirve de nada. 

En este contexto, la dualidad razón-pensamiento se aleja de nuestro habitus, así también, el análisis de la realidad y la comprensión del mundo; es decir, pareciera que obramos irracionalmente, sin tomar en cuenta los dictados del corazón, del cerebro y tal vez de la conciencia.  

Incontables veces el imaginario popular señala que reaccionamos con el hígado. Que tal persona es tóxica (no es comible). Que mi hígado casi revienta de rabia (sin comer) y más aún. Lo cierto es que en la antigüedad, el interés que despertó esta víscera fue porque los dioses eligieron para comunicarse con los hombres, pues de las diferentes vísceras, era el hígado que proporcionaba las señales más claras e importantes, pues estaba concebido como el órgano de las pasiones más bajas y el contexto de aquellas sociedades era la guerra. Este interés está atestiguado por textos médicos, filosóficos y literarios, así como en esculturas de distintas civilizaciones, como la griega, la babilónica, la etrusca y la romana. En La República de Platón también se hace mención al papel del hígado, realizando una descripción de los regímenes corruptos, especialmente de la tiranía. 

Según Platón habría una relación de mando existente del cerebro hacia el hígado, lo que sugiere que se gobernaba bajo amenazas y condiciones; es decir, en el hombre tiránico se invierten las relaciones jerárquicas, en consecuencia, es una persona incapaz de autogobernarse y de gobernar a los demás. Por cierto, no está de más recordar lo que popularmente y en la línea del tiempo se escucha: “se siente con el corazón, se piensa con el cerebro y se reacciona con el hígado”.  

Sin embargo, ahora nos situamos en la modernidad y frente a las reacciones viscerales, nos nutrimos del intelecto para encontrarnos con la alteridad, concepto antropológico que surge en situaciones álgidas y que no es más que ponerse en el lugar del otro. Esta concepción nace en la confrontación con la diversidad, debido a que el mundo atraviesa una crisis fomentada por la incapacidad de conocer, reconocer, valorar, respetar y convivir con las diferentes formas de ser y conceptualizaciones del otro, del semejante que es diferente. 

Nuestra utópica misión tendría que ser la valoración de las otras realidades y sus implicancias. No creer que tenemos la última palabra. Sin duda, es responsabilidad del ser humano dar sentido a la existencia, dejar de ser visceral para que la razón y el corazón marquen la diferencia y que la humanidad se recupere a sí misma y pueda revitalizar sus proyectos y sus sueños, sus potencialidades, la dignidad, para seguir la trama de la vida con esperanza y solidaridad. 

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