Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 19 de septiembre de 2020
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Desde la comodidad del norte

Desde la comodidad del norte

En la introducción de Los hijos de Sánchez, (Lewis, 1961), el comportamiento de los pobres, en sentido antropológico, es una cultura porque la pobreza no solo es privación, sino que también tiene estructura, mecanismos de defensa, formas de organización, sistema de vida y trasciende generaciones. La cultura de la pobreza tiene formas culturales propias y distintivas de orden social que afecta dinámicas y, en ese sentido, se convierte en una subcultura que se dinamiza al interior de sociedades conformadas por diferentes culturas.

La cultura de la pobreza presenta rasgos demográficos universales, por ejemplo, la expectativa de vida es menor y los niños participan en la fuerza laboral. Existen también rasgos familiares en los cuales predomina la familia nuclear, donde la madre es la referencia juntamente su familia; la iniciación sexual es temprana y las uniones matrimoniales son libres; el abandono del padre a la familia; hay mucha violencia doméstica.

Dentro de las condiciones económicas, los salarios son bajos, hay diversidad de trabajos no calificados; hay fluctuaciones de ocupación; son albañiles, acopiadores de basura, llanteros; viven con escasez crónica de dinero; no cuentan con reservas alimenticias, de forma que realizan compras pequeñas durante el día; pueden recurrir a préstamos usureros por no contar con garantías para préstamos bancarios; tienen bajo nivel de instrucción; no cuentan con seguro médico.

Lewis dice que la cultura de la pobreza es “una cultura provincial y orientada localmente. Sus miembros solo están parcialmente integrados en las instituciones nacionales y son gente marginal, aun cuando vivan en el corazón de la ciudad”.

Otras de las condiciones de dichas culturas son la imposibilidad de planear el futuro e incapacidad de posponer sus deseos, de hecho tienen un sentimiento de fatalismo; apuestan por el machismo; muchos son alcohólicos; acuden a la violencia para solucionar problemas del barrio; hay desconfianza hacia las instituciones del Estado, como la policía o ejército.

A este respecto señala Lewis: “los que viven dentro de la cultura de la pobreza tienen un fuerte sentido de marginalidad, de abandono, de no pertenecer a nada. Son extranjeros en su país, convencidos de que las instituciones existentes no sirven a sus intereses. Al lado de este sentimiento de impotencia hay un difundido sentimiento de inferioridad, de desvaloración personal”.

Con todo, esta realidad la desconocemos absolutamente. ¿Las políticas públicas en el curso de nuestra historia, han aliviado de alguna manera la carga social y cultural que pesa en las espaldas de miles de ciudadanos? ¿Que por qué se vinieron a la ciudad? Habrá que recordar hechos históricos que ocasionaron el minifundio u otros y posterior migración a las ciudades donde aumenta la pobreza y marginalidad.

Algunos se incomodan cuando se habla de barrios periféricos, de basura, de impuestos, de hediondeces o se reclama derechos. ¿Se incomodan igual cuando se habla de educación virtual… o cuando ellos son detenidos por dizque sedición? …bolivianos habemos de varias clases sociales. Pensemos pues un poco en la gente que vende papa o parcha llantas para vivir al día, para el colmo con el estigma de ignorantes o adjetivos subrepticiamente racistas.


MARÍA ESTHER MERCADO H.

Antropóloga y docente universitaria 

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