Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de septiembre de 2020
  • Actualizado 14:42

¡Basta de pederastas!

¡Basta de pederastas!
Supuestamente desde hace miles de años vivimos dominados por las pasiones e impulsos. Pareciera que nos controla el comportamiento agresivo y emocional. Construimos nuestra información a través de vivencias subjetivas y poco o nada avalamos a la ecología de saberes. El ser humano aparentemente es violento por naturaleza y podría dejar de serlo, o no, por mediaciones culturales. Algunos sustentan que la violencia es genética pasando la responsabilidad a la biología. Con todo, sin duda alguna, es una manifestación propia del ser humano que se la transmite generacional y culturalmente.
En la actualidad se puede decir que, como muchos de los sistemas humanos, la violencia ha alcanzado grados asombrosos de complejidad a través de los cuales se establecen relaciones que se retroalimentan. La violencia incomoda pero a la vez es cómoda, pues todo aquello que obstaculiza, o no facilita el desarrollo humano, está ligado a la misma. Lo peor es cuando la toxicidad se institucionaliza social y políticamente y logra amplificarse en nuestra vida para sostener en el poder la supremacía de ciertos grupos.
Al respecto, en nuestro continente la violencia está transversalizada y apunta a los sectores más vulnerables. Según la prensa, en este semestre en Bolivia hubieron 34 infanticidios, 108 casos de violación sexual a niños y niñas; además de la violencia física perpetrada hacia ellos. ¿Cómo explicamos lo sucedido con la pequeña Esther? Está tan naturalizada la violencia y las violaciones que se debe gritar a los cuatro vientos: ¡Justicia! Lo que es increíble, el tema del zorro conmueve a todo nivel y se movilizan ipso facto, ahora esperemos que este caso monstruoso se lo asuma estructuralmente. Basta de sueños robados, de infancias marcadas por el pánico, de vidas arrebatadas para engrosar estadísticas. ¡Basta ya!
De estas certezas silenciadas, las mujeres de diversos contextos hablan irritadas. Lo hacen después de que ocurre un caso que mueve el piso a cualquiera. Las voces son diversas: castración química y quirúrgica; tortura física y psicológica; escarmiento público (linchamiento); cadena perpetua. Se vienen a la mente castigos físicos que están guardados en lo más remoto y sufrido del ser. Luego señalan: “Sería como volver a la edad media; no somos salvajes; tiene que cambiar la ley y dar un castigo ejemplar”. Luego de la bronca viene el inconsciente religioso, la mesura y… confían en la firmeza del Estado.
Lo insurgente marca Judith Butler: “Si las diferencias de clase, raza o género se inmiscuyen en el criterio con que juzgamos qué vidas tienen derecho a ser vividas, se hace evidente que la desigualdad social desempeña un papel importante en nuestro modo de abordar la cuestión de qué vidas merecen ser lloradas”. Lo cierto es que muchas mujeres, niñas y niños conviven con feminicidas y pederastas en sus domicilios hacinados por la parentela que les dan como favor un cuarto para cuidar o pagar menos alquiler. La violencia cultural justifica y convence al desfavorecido que no hay alternativas para cambiar la forma de existencia que invisiblemente sobrelleva.
Con todo, aquí se cruzan variables estructurales y de salud mental. La solución no es la castración, pero es viable. Suxo (1972) un suceso que nunca se olvidará.

MARÍA ESTHER MERCADO H.
Antropóloga y docente universitaria
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