Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 22 de septiembre de 2020
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Alfonso Camacho, un ofertorio de vida

Alfonso Camacho, un ofertorio de vida

Hoy, esta columna dominical está dedicada a la memoria de Alfonso Camacho Peña, en la cual, el poeta Luis Mérida escribe épicamente un homenaje.  

“Con alba luminosa marchó a la eternidad, se fue con estruendos a granel y aplausos a doquier. Continuó su camino con espíritu rejuvenecido, con buena fe perpetuó su memoria. Había cumplido su misión en este mundo. Infinito se marchó.

Era hombre de pelea (como él decía). Persona de ideas y estudios, de aula y trabajo de campo, de militancia rigurosa. Se fue a la gloria; le abrieron las puertas de la inmortalidad para que ingrese radiante y orgulloso a las tierras de la aurora.

Vida de combate tuvo el compañero Camacho. Luchó contra dictaduras, fue batallador, intransigente, paciente. Leal en la universidad, en la cárcel, en el exilio, en la clandestinidad, gestor de la recuperación democrática. Siempre presente con voz bonachona y serena, sonrisa apresurada, intelecto efectivo, hambre de mundo, solvencia humana de comandante en ataque y defensa.

Compartimos la vida. En política era el templado conductor. Sus palabras amasaban el polvo de la derrota con plausible tranquilidad como el temible 17 de julio de 1980 y, a los laureles de la victoria los convertía en banderas radiantes en el camino de la Revolución. Su vida de combatiente será reconocida en las páginas de la historia. Su heroica fábula de fuga de la Isla Coati en el lago Titicaca es crónica, es hazaña. 

Atardecer del 2 de noviembre de 1972. En medio de las aguas, valientes hombres navegan el lago sagrado buscando la libertad, se oye el chapotear de los remos; el silbar del viento de la lejana montaña. Había quedado atrás la isla, la prisión, las saudades, los atardeceres de los lentos días en prisión con sus heladas noches andinas.  

Cuando se encontraban en mitad de la ruta de navegación, al filo del anochecer aparecieron tres grandes fogatas en el cerro de la isla. Las prendieron los policías para alertar a tierra firme sobre la fuga y para iluminar el lago y divisar los barquitos de madera, que llenos de evadidos navegaban las oscuras aguas del lago. De setenta y dos prisioneros políticos llegaron sesenta y siete a Yunguyo. Su destino final era Cuba Socialista, siempre solidaria. El comandante de la operación fue el insigne Alfonso.

Nada concluyó con su muerte mentirosa. Se juntó el tizón ardiente con su sangre roja de combatiente donde germinan ametralladoras bailarinas. Su familia y compañeros, sabemos que su nombre resonará junto a la del mestizo Calatayud.

Dejó su testamento en el libro Testimonio y Legado, el MIR Histórico y Construcción de la Democracia Contemporánea (2018), escrito con Hans Müller y Freddy Camacho cuya trama esclarece la praxis política de esos años. 

Evocación histórica llena de principios, convicciones, valores; en cuyo contenido abre los avatares de la lucha a la historia y desenmaraña una época trémula, convulsa, agitada, sangrienta. Para tal documento se realizaron talleres donde tuve el honor de participar.  

Comandante, tu existir fue escuela de grano fecundo. Te recordaremos porque fuiste un huerto prolífero, meritorio; porque tu vida estuvo plagada de sabiduría, entrega, consecuencia, solidaridad, bravura; porque tu muerte nos muestra que tu sangre y su carbón arden en la historia”.