Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 20 de abril de 2021
  • Actualizado 19:29

¿A dónde vamos?

¿A dónde vamos?

Hace poco leí un artículo sobre granjas de bots referida a las campañas electorales que realizaron en las elecciones de 2019, donde se comprueba el uso político de noticias falsas a través de varias estrategias digitales como, por ejemplo, la creación de granjas de cuentas falsas, el uso de publicidad pagada y la organización meticulosa de una estrategia comunicativa y visual.

Inmediatamente, el segundo paso que di fue informarme sobre lo que representa “bots”, palabra abreviada de robot informático. También me enteré que con esta herramienta hay personas que presumen de tener innumerables seguidores y son vistas como lo máximo del éxito por sus fanáticos. El hecho es que no todos tienen realmente tantos seguidores como dicen tenerlos y es ahí cuando entran los bots.   

Estas granjas de bots se pueden originar en un servidor único, que, a su vez, se puede dividir en otros miles de servidores virtuales que se encargan de crear perfiles falsos en distintas redes sociales. Grande fue mi sorpresa, porque, a decir verdad, soy de las personas que todavía cree en la verdad y es que estos bots crean tendencias, que pueden estar entre la verdad o la no verdad; desprestigiar o enaltecer; y también se utilizan para desinformar creando caos, ataques reales o cambios de pensamientos sobre un tema específico. 

Y como soy antropóloga, además antigua y tradicional, prefiero analizar qué es la no verdad (arremolinada en los bots), comentando que, por ejemplo, se la puede analizar desde varias dimensiones como la ilusión y el autoengaño, el análisis del mito y la utopía, la construcción de imaginarios colectivos, la vida cotidiana, el estar imbuido en un contexto de símbolos y códigos agresivos y varios más. Pero esto no es todo, al presente existen estudios que tratan de entender la no verdad, desde el punto de vista de la neurología, donde los científicos pretenden descubrir la tendencia natural a la farsa; de hecho, señalan que el cerebro del mentiroso tiene menos sustancia gris y que se traduciría en menos preocupación por el aspecto moral. 

Sin duda, existen personas que, además de utilizar la tecnología a través de los robotitos informáticos, se aprovechan de la falta de conocimiento de la gente y el candor patriótico a la luz de alguno que otro ánimo encendido. Y nada sería eso, sino que, esa masa de gente ingenua y romántica se deja llevar por cerebros maniqueos. Es pues patético que la no verdad tenga la intención expresa de engañar y lo peor es que este es un fenómeno socialmente aceptado. Entonces, ¡viva la mentira! Porque a decir verdad, crecemos en contextos con mentiras necesarias o piadosas, mentiras que justifican errores, crónicas ficticias subliminales y, lamentablemente, mentiras que ansiamos creer. 

Y si vamos contra flecha en esta selva de códigos falsos, la reflexión deberá ser individual y preguntarnos si nuestra relación con la mentira contribuye a la construcción de una sociedad humanamente correcta, porque ahora el desafío es no ser doble moral, pues, lastimosamente, decir la verdad nos convierte en personas obsoletas, conflictivas y solitarias. ¿Quo tendimus? 

Lo cierto es que lo único cierto es la banda del Club de Corazones Solitarios, donde no hay granjas de bots, solo el sargento Pimienta y Billy Shears.

MIRADAS ANTROPOLÓGICAS

MARÍA ESTHER MERCADO H.

Antropóloga y docente

universitaria

[email protected]

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