Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 09 de diciembre de 2019
  • Actualizado 01:20

Tuve un padre maravillosamente ocioso. Y además viejo. Lo tuvimos, mi hermano y yo, a nuestro alrededor y en casa desde que fuimos muy pequeños. Dejando de trabajar se quedó haciendo nuestras vidas la suya. La casa que nos brindó, tan grande, sólida e inmensa se permitía como único centro una sola habitación, el escritorio, espacio donde moraba y fumaba mi padre. Su actividad fundamental era leer y, su quehacer permanente, la resolución de crucigramas. La sensación, cuando muy pequeño, de sentarme en las faldas de mi padre y acompañarle en su afán de descifrar los crucigramas —entre almanaques mundiales, Parnaso, diccionarios, enciclopedias técnicas y cuadernos de anotaciones— no era solo la de seguridad, era de plenitud. Aún muy pequeño y sin saber leer, me maravillaba por el soporte de los libros, por sus ilustraciones y belleza tipográfica que guardaban entre sus infinitas páginas. Junto a su soporte, la materia de la que estaban hechos los libros —sus lomos, los altorrelieves en las ediciones de tapa dura y su forro de papel que siempre rompía— era, junto a su olor, las sensaciones que más vivamente se impregnan de mi niñez. No fui un lector precoz ni en mi familia me acercaron a textos o títulos de libros escogidos. Nunca me dijeron: “Tienes que leer esto”, tampoco me acostaba con el relato de una historia. No hubo una mediación intencionada alguna. Era solo el ejemplo de mi padre que con rigor me exigía una sola cosa, la de la disciplina al ritmo escolar. De las lecturas del recinto escolar no recuerdo casi nada o no quiero hacerlo; salvo el método silábico con el que me alfabetizaron en el primer grado. La inicial lectoescritura apareció porque debía producirse. La lectura por mí misma, y por su disfrute, empezó a cultivarse recién cuando ya estaba entrada mi adolescencia y fue un propio hallazgo. Hoy, las horas de violencia se suceden superpuestas y el Gobierno de transición cundió el miedo de cerrar el más celebrado proyecto en el campo editorial de las últimas dos décadas: la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, desconociendo el valor de este magnífico proyecto. ¿Tendrán algún libro —de los más de treinta ya publicados— en sus casas? ¿Habrán visto lo ejemplar y cuidadosas que han sido sus ediciones? ¿Habrán anotado que no son reimpresiones sino ediciones exigidas con magistrales estudios introductorios? ¿Habrán reparado en su complejo proceso de selección y en la importancia de contar con un canon del legado escrito del país? El contar que mi padre estuvo envuelto entre libros me exige una actitud, la de nunca dejar de aprender

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