Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 01 de junio de 2020
  • Actualizado 12:08

Mi hermana Cristina cumple años el 7 de mayo. Este año, y como muchos de ustedes, la celebración fue en una pantalla charlando, recordando pero también esperando tiempos mejores. Les contaré algo de ella. El 6 de mayo de 1982, mi muy embarazada mamá tuvo la “mala idea” de romper fuentes y comenzar el trabajo de parto en la madrugada. Estaban en medio del toque de queda en pleno gobierno militar de Guido Vildoso. Llamada de emergencia al pediatra, quien dice “suban con luces prendidas y con calma, hay controles en todo lado”. “Suban” es una forma de decir que todo esto sucedió en La Paz. Control 1, ok. Control 2, ok. Control 3 en la 17 de Obrajes y no los dejan pasar. Rifles, luces, desconfianza y una mujer que no aguanta de dolor. Mi papá, que tiene un doctorado en negociación, convence a uno de los soldados de subir al auto con ellos y que acompañe el proceso, para que no desconfíe de “esa barriga”. De madrugada, mi hermana Cristina llega a este mundo ante la mirada de mis papás, el médico, la enfermera y el soldado que no despegó los ojos al parto. Mi papá lo llevó de vuelta e invitó el desayuno a todo el regimiento que cuidaba ese punto de control a modo de “agradecimiento”.

Sí. Pasamos tiempos difíciles. Recuerdo que por esos turbulentos años, también se hacía pan en casa, escaseaba prácticamente todo, y la leche Klim, llena de grumos, era inevitable cada día. Mi abuela tenía una casera que iba a su casa de madrugada llevando carne en secreto. Un tío querido tenía un amigo en la Policía que nos ayudaba con su cuota en la pulpería. Un día recuerdo que vi pasar un avión con las alas envueltas en fuego y mi papá, cuando me recogió del colegio, me dijo “yo sé dónde aterrizó”. Fuimos a verlo como muchos curiosos, donde hoy está la Catedral Miliar en Irpavi. El piloto fue nombrado héroe. Venía del Beni y no logró alcanzar la altura necesaria para llegar a El Alto y botaron toda su carga. Durante semanas, la gente decía que le hubiera encantado recibir una “piernita caída del cielo”.

Después vinieron otros vientos, y estas historias empezaron a diluirse. Llegó el cable, y había Coca Cola en la tienda. La marraqueta salía calientita y si nos portábamos bien, había helados Frigo los domingos en Miraflores. ¿Por qué les cuento esto? Porque de alguna manera, con toda la tecnología que tenemos, seguimos siendo tan vulnerables y que necesitamos palabras y acciones de afecto Que no bajes los brazos, que el cinturón se sigue ajustando y que los pesos se fragmentan antes de llegar a fin de mes, pero que nuestros papás lo lograron y se hicieron fuertes en esa época. 

Ahora nos toca a nosotros, a ustedes, a ti,  cuidar de ellos, de los hijos, parejas, familia, seres queridos con palabras de ánimo y esperanza. 

Mi hermana se ríe cada vez que recordamos tremenda anécdota. Y no es para menos. Ahora es mamá de dos preciosas niñas y le toca llevar este mensaje. Como dice el poema: No te rindas, aún estás a tiempo

de alcanzar y comenzar de nuevo,

aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,

liberar el lastre, retomar el vuelo.