Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 03 de julio de 2020
  • Actualizado 00:35

Circa 1991. Toca Primero Medio y las reglas son las mismas. Lunes al sol, hora cívica, himno nacional, bandera izada por los mejores, un brazo de distancia y el leccionario como agente regulador del “buen comportamiento de la clase”. De alguna manera, ese año terminó por quitarme el gusto a los números. Una suerte de profesores poco tolerantes y métodos memorísticos que terminaron por cambiar mis derroteros. Llegó fin de año y la escena parecía un video de Pearl Jam. El colegio llamó a mis papás para avisarles que me habían expulsado definitivamente. Tenía buenas notas pero terminé por agotar la paciencia de los profesores con mi “ difícil manejo ante la autoridad”. Cuando tienes 14 años y una polera de Ramones, ¿qué esperaban?

 

Siguiente escena. Yo entrando a otro colegio, con otra gente, otras realidades, otras miradas de la vida. Meses después, la profesora de Literatura pide también hablar con mis papás. Ellos me dicen: ¿otra vez? ¿y ahora qué hiciste? Y claro, después de 100 veces de escuchar lo mismo, ya no había el factor sorpresa. Fueron a la mentada reunión y ella les dijo “felicidades por este chico, tiene potencial”. Mis papás se miraron y dijeron, “¿está segura? ¿no se equivocó? ¿está hablando de este Marcelo”. Sobraban la razones para dudar.

 

Siempre recuerdo esa escena. De alguna manera me trajo hasta acá. De alguna manera sirvió para validarme como estudiante, como alguien que quiere seguir aprendiendo. Terminé estudié Comunicación en rebeldía con los números, y sí descubrí el fascinante mundo de la Publicidad. Pero muchos años después, un profesor de posgrado me enfrentó con un desafío y me dijo “quiero que programes este ejercicio para el lunes”. Pasé casi dos días despierto, leyendo y aprendiendo sobre código. Cuando entregué la tarea y me dijo “deberías estudiar Informática, tienes talento”. Le hice caso y me reconcilié con los números otra vez.

 

Tú eres en la medida en que tus profesores te han moldeado. Más allá de la idea romántica del docente que inspira, el aula es un espacio que define el futuro desde el presente. Es un laboratorio que puede producir resultados maravillosos o nefastos. Cada palabra y acción tiene un impacto profundo en la vida de los estudiantes, sobre todo si son adolescentes / universitarios. Por eso, felicitar en el día del profesor es lo evidente, lo políticamente correcto. Una palmada en la espalda y gracias por tu entrega que mañana todo sigue igual.

 

En un día como hoy, pregúntate quiénes son los docentes de tus hijos. ¿En qué creen? ¿Qué música escuchan? ¿Qué libros leen? ¿Qué estilo de vida tienen? Porque estarán frente a tus hijos no solo para hablar de la materia que toca, sino para generar una experiencia de vida que los puede definir para siempre. Si realmente queremos ser una economía en crecimiento con grandes índices de desarrollo, mira los países del ranking y pregunta cómo es su educación.

 

Puedes conocer un país viendo cómo tratan a sus docentes. Y por supuesto que los felicito hoy y siempre. El verdadero cambio sucede en las aulas.