Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 11 de abril de 2021
  • Actualizado 04:05

El despertador sonó temprano. Abrí los ojos pensando en el evento que tenía por delante. Café para mí y “cucharazo” para la gaturra. Desayunados y peinados frente a la cámara para la última jornada de Futures Week. El primer invitado, Daniel Andrade presentó las cosas como son en Cochabamba: contaminada, con problemas de transporte, agua, alimentación deficiente, fuera de todo eufemismo de “capital de...”. Pero con notas de esperanza puede construir un futuro mejor y por eso estamos acá.

Al rato, recibo un mensaje de Whastapp. Un par de alumnas me dicen que terminaron su trabajo. Hicieron una nota sobre el tajibo amarillo que floreció y que se volvió viral. Entrevistaron a los dueños de casa. Es un árbol plantado hace 20 años como regalo traído de Santa Cruz. Las felicito y posteo el artículo en Punto BO. Al mediodía ya tenía 3.5K visitas y muchos compartidos. 

Recibo otro mensaje por Whatsapp. Esta vez un amigo me dice que quiere pasar por Cochabamba y que le recomiende un lugar. No dudo en decirle que el Hotel Aranjuez. Me dice que viene en familia y le comento que un lugar que cuida el gran árbol que tiene en su entrada, merece todo respeto, en una ciudad donde se talan árboles para “que mi letrero se vea”, “porque es guarida de ladrones” o “porque ensucia la calle”. Somos fans de ese hotel, porque los domingos es un concierto de colibríes.

Le envío a Mónica el link del artículo del tajibo y me dice que está precioso. Recordamos que la semana pasada fuimos a sacar fotos al famoso árbol, pero luego nos fuimos a caminar por las calles. Ella me dijo “así era Cochabamba antes”. Casas de dos pisos, jardín delantero y una acera ancha. El barrio quedó congelado en el tiempo hasta que de pronto, un par de edificios rompen la estética anacrónicamente.

Revisando redes sociales casi a mediodía, veo el post de una persona que se dedica al tema de bienes raíces bajo una franquicia con la siguiente idea: “los millonarios se hicieron ricos porque invirtieron en inmuebles”. Me sorprende la premisa. Es la llamada a una generación que no puede mantener esa casa de dos pisos, pero que sí puede venderla (porque es de los padres o abuelos) a un constructor que hará 99 departamentos en 200 metros cuadrados. “Hacer dinero” termina por ser la premisa de un rubro que está devorando la ciudad en todos los frentes. Pero no se trata de negar el progreso porque sí, sino de plantear soluciones de desarrollo en equilibrio con el entorno. 

Es mediodía y los participantes de este evento empiezan con sus propuestas. Comenzaron con conceptos como “planta lámpara” (generar luz a partir de la clorofila), transporte público eléctrico, leyes para sancionar la contaminación, construcciones ecosustentables, en fin. Estos chicos lo han entendido todo. 

La tarde viene cargada. Mónica me dice que este sábado debe ir a un evento llamado Mujeres Cactus (me encanta el nombre) y que apoyará la causa. Le digo que una de mis alumnas está escribiendo sobre una plataforma llamada chicasmarket.com y que la idea es genial. Otra vez en la compu revisando contenidos. Otro mensaje de Whatsapp: “Licen, ya tengo la nota de Agroflori, seguro le gustará”. Y sí, es una historia que vale la pena contar. Otra vez la codicia termina por desplumar y comercializar animales sin piedad.

Cae la tarde y me sorprende el mensaje de mi sobrina Espe: “tío, ¿dónde puedo ir a dejar productos para reciclaje?” Me quedo pensando en cómo una chica promo 2020 por qué quiere reciclar. Estoy escribiendo este texto en medio de una clase. Estoy en pausa después de ver una presentación que terminaba diciendo “era una sociedad tan pobre que solo  tenía/quería dinero” y pienso en Cochabamba.

Es viernes y tengo que mandar mi columna. No tengo nada que decir, solo contarles lo que he vivido hoy. Ustedes saquen las conclusiones.

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la

Información en la Agencia Bithumano

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