Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 11 de abril de 2021
  • Actualizado 06:05

El año 2000 entré a trabajar a la agencia de publicidad Trazos Creativos, una gran experiencia laboral que me abrió la mente para la vida. Para entonces, eran parte de la red TBWA. Recuerdo un spot que colocaban en su reel. Un chico anda por la calle y de la nada, alguien cierra una ventana 5 pisos arriba y hace caer una maceta. Todo sucede en milisegundos. El chico mira hacia arriba y la Muerte (caracterizada de negro y guadaña) aparece a su lado. De pronto, empieza a pasar su vida por delante. Viajes, surf, amigos, familia, conciertos. Llega un momento en que la Muerte mira su reloj ansiosa y sigue la secuencia de imágenes. Al final, es de noche, la Muerte se quedó dormida y el chico termina de ver su vida, la maceta cae y él sigue su camino. El mensaje era para una línea aérea y te decía que viajes, que es lo único que te llevas al otro lado. Se me quedó grabado desde entonces.

De vuelta al presente. Qué desgarradora la experiencia de ver, seguir y acompañar en redes sociales este proceso. Son un necrológico digital. El clamor de ayuda, de medidas desesperadas por conseguir plasma, una cama, un tratamiento, un poco de alivio. El ángel de la muerte no distingue credo ni condición. Mi apoyo y abrazos virtuales en este proceso.

Al respecto, algunos pasajes que quiero compartir. Tomé un taller de coaching para profesores en mi trabajo en Chile. El facilitador preguntó qué tipo de conflictos debíamos resolver cada día. Unos, problemas de pareja; otros, lidiar con sus hijos, en fin, cada quien en sus pequeñas batallas. Un participante dijo “pero yo no tengo problemas, me dediqué a resolverlo todo”. El facilitador lo miró fijamente y le dijo “qué bueno, entonces, ¿estás preparado para cuando mueran tus seres queridos?” El rostro de este participante cambió radicalmente y comenzó la reflexión. Todos nos quedamos mudos y el facilitador nos llevó a ese momento. Lágrimas por doquier, pero también crecimiento interior.

Tengo otro recuerdo. Acompañé a mi abuela a visitar familiares al cementerio. Era niño y la calurosa Santa Cruz no era lo mío. De pronto, a lo lejos una trompeta rompió el silencio fúnebre y un taquirari comenzó a sonar. Era un entierro con banda. Mi abuela me dijo “elay, seguro pidió que toquen banda en su entierro y le cumplieron”: La imagen disruptiva me cambió la percepción de la muerte. Muchos años después, a solo días de haber vuelto a Cochabamba después de una década, esa abuelita también partía al otro lado del silencio. Tenía una neumonía complicada. Cuando despertaba seguía con su carácter. Le dijo a una enfermera “por favor, vaya a comprar bizcochos para atender a mis invitados”. Su entierro no tuvo taquirari. No era necesario. La gente se acordaba de sus dichos y su carácter tan jovial. Doña Magda Sotelo pidió la palabra y dijo “ay Bertita, mi india chuchumeca” y se puso a llorar. Se respiraba paz en el aire

Como en el spot, la muerte le da sentido a la vida. Por quienes se fueron, por quienes amas, por quienes brillan a años luz de acá, por quienes te abrazan en sueños. Vive. Vive hasta la última gota. Haz que valga la pena.

PUNTO BO

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la

Información en la Agencia Bithumano

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