Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 14 de abril de 2021
  • Actualizado 19:08

Tengo una deuda pendiente con Uyuni. Empezaré a saldarla ahora. El año pasado me llamaron para dictar un taller de Marketing Digital a todos los operadores de turismo de la ciudad. Más de 200 participantes en tres jornadas durante cinco días. En un país lleno de burocracia, el Lic. Omar Pérez de la GAM Uyuni propuso capacitar a todo el rubro contra viento y marea. Fui contratado por la Fundación Idea para tal ocasión.

La llegada a Uyuni fue apoteósica. El cielo se deshacía en truenos y relámpagos. Fascinante. Por supuesto, mi gran amigo Wilfford me estaba esperando. Curiosamente, la gente llega en busca del Salar, pero no se detiene a ver el pueblo como tal. Ahí es donde entra Wilfford con datos magníficos: “¿Sabías que el Cine Ferroviario fue uno de los primeros en toda la región?”, “¿Sabías que en su momento, nuestro equipo de fútbol mandaba a traer a Bolívar desde La Paz para entrenar aquí, y que incluso se jugó un clásico Bolívar-Tigre en Uyuni?”. No sabía nada de esto. Uyuni tuvo su época dorada y anoto mentalmente todo lo que me dice.

Las valoraciones estéticas son complejas, palabras como “lindo” y “feo” quedan fuera de la discusión, tal vez Duchamp, Banksy o Basquiat podrían dar un punto de vista. Pero la palabra clave aquí es “experiencia”. Si quitáramos toda la gente de Bolivia, igual sería un país maravilloso con paisajes fascinantes. La naturaleza hizo su parte. Pero, por qué el turismo no empieza a mostrar el componente humano. Tal vez esta polémica puede servir para mostrar, finalmente, el espíritu del turismo: la experiencia de cada visitante a través de las personas de cada destino.

Yo les cuento dos. Cuando terminé el taller después de tres días intensos, una de las participantes se me acercó y me dijo “lo invito a almorzar a mi restaurant como una cortesía”. Como a buen cochala, me agarraron por la gastronomía. El lugar, preciosamente decorado con motivos folclóricos, un traje de músico de la Banda Poopó aquí, una máscara de diablo allá, unas fotos de viajeros pegadas en las paredes. El lugar se llama Tacurú, me dice “es curioso, es una hormiga del trópico, esas que hacen cerritos, pero así nos vemos, trabajadores construyendo nuestra casa”. Los abrazo con la mirada. Los dueños son una dulce pareja que llegaron desde Sorata, siempre con el turismo en la sangre. Su historia merece otra columna que incluye turistas escapando en helicóptero en pleno octubre negro. Ella me dice “voy a ir a cocinar un piquecito, para que no extrañe a su tierra”. Otra vez abrazo con la mirada. Estoy agradecido precisamente por esos detalles. No es la foto, ni el salar ni el cielo estrellado ni nada. Es la gente la que termina por hacer que un viaje sea una experiencia positiva.

Al salir, camino hacia el hotel. En el camino, una señora saca fotos a su pequeña niña junto a un jeep disfrazado de locomotora. Más allá, una niña alimenta a unos perritos en su pequeña tienda. Subí esas fotos y se volvieron virales por todo lado. El afecto no se puede retocar. El hotel donde me alojo tiene un nombre curioso. Los dueños, otra pareja joven emprendedora, me cuentan que es el nombre de su hijo, Nichkito. Me encanta. La habitación reluciente y la ducha caliente después de un día de trabajo son impagables.

Pero la realidad golpea la vista con dureza. El mal estado de las calles, los baches, la poca limpieza y la sensación de dejadez, te hacen pensar que Uyuni no merece ese trato, gente maravillosa ante el descuido de sus propias autoridades. Pero un momento. Esa es la maldición del país entero. No importa dónde vivas, estoy seguro que tus calles y tu ciudad dejan mucho que desear, aunque la bautices como “sucursal del cielo”.

La Ericka Gottlieb comentó en su muro un pasaje al respecto. Unos alemanes amigos pasaron por Cochabamba y ella les preguntó qué fue lo que más les gustó, esperando la respuesta idílica y dijeron: “la cantidad de perros callejeros y la basura en todo lado”. La verdad descarnada te hace despertar del sueño de la dejadez urbana.

No importa dónde vivas. Sal a tu calle, a tu barrio, a tu entorno y haz un listado de cuánto falta para crear un entorno amigable con la gente, con los visitantes. Con uno mismo. Con aprender a vivir bien. Al final del día, la maldición de la politiquería ha terminado por construir castillos de arena, en vez de preocuparse por lo simple y básico. Un par de lluvias y ahí puedes ver la precariedad de cada ciudad.

“Feo” es lo que hace la política a nuestras ciudades. Así que por favor señores candidatos, no prometan nada, haremos parrillada con sus ofertas. Ahórrense las guirnaldas, mejor salgan a la calles a ver la cantidad de cosas pendientes por hacer. El día en que resolvamos lo básico, recién hablaremos de otros proyectos. Mientras tanto, a trabajar, como tacurús.

PUNTO BO

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la Información en la Agencia Bithumano

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