Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 18 de mayo de 2021
  • Actualizado 20:18

Escena 1

Esta columna comenzó hace unas semanas atrás, cuando mi tía me escribió acongojada, de madrugada, desde un aeropuerto. Su mensaje era de enojo contra el sistema. Algo tan frecuente en Bolivia. Estaba llegando al país y la escena era de una cincuentena de funcionarios dispuestos a abrir e indagar cada centímetro cuadrado de las maletas. “¿Qué es esto? ¿Tiene autorización para aquello?”, “señor, es un filtro para una cafetera”. “No le creo, muéstrame la factura”. En fin.

Leo el mensaje y le respondo con el único mecanismo que tenemos para defendernos de la violencia burocrática del Estado: el humor. Le digo que eso pasa por llegar al país por avión, que debería probar alguna vez viajar a Iquique por Pisiga. Ahí la cosa es muy diferente.

Escena 2

Por mi estatus de residente, debo volver a Chile cada año, un trámite que con los años me mostró la impresionante diferencia entre aeropuertos y puntos fronterizos terrestres. La ruta más cercana y barata es Iquique. El recorrido es más o menos así. Sales a las 9 p.m. de Cochabamba. Llegas a las 1 a.m. a Oruro, y a las 4 a.m. estás en Pisiga en una larga fila de flotas esperando la apertura de frontera a las 8 a.m. El conductor entrega los formularios para pasar migración con la pregunta de “¿va a migrar?”. Una pregunta curiosa hasta que te das cuenta que hay gente que cruza a pie la frontera, a vista y paciencia de todos.

De ahí, son cuatro horas hasta Iquique, donde el mar y la zona franca terminan por tentar a los miles de bolivianos que viven allá y se dedican al comercio. Televisores, computadoras, teléfonos y cuantas cosas que puedas imaginar a precios muy convenientes. La vuelta es similar, con un detalle. Llegando a Pisiga, la flota se detiene unos 200 metros antes de la oficina de Aduana, el conductor grita y dice “los que traen mercadería bajar aquí”. De pronto, el 99% de la flota baja con bolsas, fardos, cajas. Abajo, unos triciclos de carga los esperan, para ir hasta el hito fronterizo, otros 200 metros más allá, para bordear la oficina de Aduana desde atrás.

En el hito, un taxi tipo Corolla espera a quienes tienen carga y llevarlos al otro lado. Mientras tanto, los pasajeros pasamos por Aduana, carnet en mano, rayos X para las maletas y preguntas respectivas sobre el tipo de mercadería que traes.  El bus avanza otros 200 metros, y la misma mercadería que bajó antes, se carga sin problemas desde el lado boliviano. Contrabando hormiga, profesional y con una cadena de distribución bien aceitada.

Escena 3

Viajar por tierra y cruzar Pisiga es una experiencia de la Bolivia profunda que debes vivir alguna vez. Cito algunas cosas: bajar a las 4 a.m. en el frío invernal en busca de baño y ver ese magnífico cielo del Altiplano, caminar hasta una cancha de fútbol con una cordillera nevada por detrás, ver la hilera de puestos de cambistas que, además, “te prestan” dinero para mostrar en frontera chilena, o chips para celulares de ambos países. Carpas que ofrecen desayuno con api y pastel desde las 6 a.m. y, por supuesto, el infaltable laiku laiku a todo volumen.

Esto es lo que le dije a mi tía, que le tocó el lado siniestro de la burocracia de Aduana en los aeropuertos, donde el “delito” de un regalo merece todo el rigor de la Ley, mientras que del otro lado, un fardo de 100 kilos de ropa pasa por “regalitos para mis nietitos”.

¿Saben cómo termina esta historia? Con otra anécdota. Cuando llegué a Bolivia el 2011, Aduana me hizo pagar el impuesto de importación de mis propias maletas (ropa de cama, libros, cosas de casa) porque no teníamos la factura de compra. Pagué por mis calzones viejos. Bienvenidos a Bolivia, cross check y reportar.

PUNTO BO

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la Información en la Agencia Bithumano

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