Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 18 de mayo de 2021
  • Actualizado 19:41

Vivo al lado de un colegio. Literalmente. Pared con pared. Del otro lado del muro, está la vivienda de los cuidadores del establecimiento. Una cercanía que me permite, muchas veces escuchar el (fuerte) volumen con el que hablan y saber un poco de su cotidianeidad. Tienen dos hijos en etapa escolar y están en la edad de las preguntas.

Nos separa un muro. Y nuestras historias pueden ser tan diferentes y disímiles. Cada quien en sus problemas cotidianos, alguna vez tropezamos con una santa rita que creció demasiado, pero no más que eso.

Hace más de un año, nació un gaturro en su espacio. De tipo “Bosque de Noruega” para los entendidos en la vida felina. Pequeño y travieso, aprendió a subir la pared y pasearse por los techos del vecindario, acompañado de su papá gato. Con el tiempo, empezó a expandir su territorio y bajar a mi jardín. Así es que “donde comen dos, comen tres” dice el refrán y mi arisca Pichica aprendió a compartir su ración de pellets.

Pasaron los meses y un día, el papá gato apareció muy enfermo, envenenado, qué se yo. Escuché la conversación de los vecinos. Apenados, casi en lágrimas, llamaron a un veterinario para “dormirlo” y que descanse de tal sufrimiento. Algo pasó ahí. Sentí que la historia también era mía. Que el duelo también tocaba mi puerta. En consecuencia, el pequeño quedó huérfano y empezó a cambiar de hábitos. Aprendió a entrar a la casa y buscar rincones, un ropero, un depósito, un sillón, hasta que dio con la joya de la corona: la cama familiar, que recibe el sol de la tarde, ideal para la siesta felina post almuerzo. Es un auténtico “okupa”.

Con Mónica decidimos ponerlo en la libreta familiar y lo llamamos “Orión”, como la constelación, como el cazador. Razones sobran para entender el nombre. Otra vez, los entendidos en gatos sabrán de sus “regalos recién cazados”. Así que el “Orioncito” vive en dos casas. Se queda unos días acá, y otros vuelve al otro lado del muro. Como todo gato, apareció algunas veces con heridas de combate, pero al cabo de unos días, ya estaban curadas. Alguien también lo quiere al otro lado de esta pared.

Mi gata aprendió a hacer lo opuesto, y cruza este muro rumbo al colegio donde va a explorar territorios. Estoy tranquilo porque sé que la van a proteger. No conozco a mis vecinos en persona, nos divide un muro, pero el “gatolicismo” nos ha unido de alguna manera.

Pienso en las veces que tendremos que seguir tragando el discurso del odio, del otro, en una época inflamada por el clima electoral y la angurria política. Esa obsesión de buscar al mejor candidato, con las mejores ideas y de olvidarnos que hacer país no se trata de eso, sino de quién sea capaz de establecer consenso, diálogo, negociación y capacidad de gestión para tales ideas. De hecho, dar buenas ideas lo hace cualquiera, pero ejecutarlas es talento de pocos. Los muros y los cercos eléctricos siguen en pie, siguen manteniendo las fronteras ideológicas enajenadas, en un país en busca del reencuentro. Bien por el spot del TSE, que precisamente promueve ese “abrazo del reencuentro”.

En pequeño, el “Orioncito” ha terminado por unir los dos lados de esta pared. Dispares y a la vez, preocupados por su bienestar. En grande, algo similar anhelo para nuestro. Que el único “ismo” desde ahora, sea el “gatolicismo”. Por una política con menos ratas y más ronroneos.

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la Información en la Agencia Bithumano

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