Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 25 de febrero de 2024
  • Actualizado 01:29

El último año que viví en Chile comencé a ir a la parroquia del barrio. Más que por motivos religiosos, fue por la música. Tenían un magnífico coro que valía la pena escuchar y seguir cada domingo. Era el año 2009 y ese templo en particular estaba casi siempre de fiesta. Ese año, el Papa Benedicto XVI iba a canonizar a su patrón, San Damián de Molokai. Vinieron delegaciones de todas partes y fueron lecciones profundas de crecimiento personal.

Jozef de Veuster nació en Bélgica en 1840. Fue un sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones. Al ser ordenado, cambió su nombre a padre Damián. A sus 23 años, emprendió un viaje sin retorno: se dirigió a Hawai para trabajar en un leprosario. Al respecto, la lepra es una enfermedad altamente contagiosa y en una época donde el escaso tratamiento y las bajas condiciones de salubridad de los barcos mercantes, hizo que Hawai fuera un gran foco de infección debido a los migrantes del Asia que llegaban a trabajar en los campos de azúcar.

Para evitar su propagación, el rey Kamehama IV de Hawai condenó a todos los enfermos de lepra a ser desterrados a la Isla de Molokai, donde vivían en condiciones infrahumanas, prácticamente, destinados a morir abandonados. El padre Damián llegó a esta isla para acompañar y fortalecer a dichos enfermos, asumiendo que él también podría contraer la lepra. Su nombre y su historia han vuelto a mi memoria estos días recientes. Pienso en las enfermeras, médicos, personal de salud y administrativo que tiene que trabajar ahora con “ellos”. Los contagiados. Los no deseados. A quienes se les han cerrado puertas, caminos, abrazos y ayuda. Son los “bloqueados”, los sentenciados en vida por un virus que es tratable si reciben las condiciones necesarias.

Pasarán las semanas y volverá la “normalidad” a nuestro alrededor. Pero tengo miedo de vivir en una sociedad capaz de bloquear calles y desterrar al Molokai moderno a los enfermos. No se trata de conceptos en boga como pandemia, histeria colectiva o noticias falsas en redes sociales. Sino, se trata de humanidad. De cómo las enfermedades del alma pueden ser peores que las enfermedades del cuerpo. De cómo un virus está sacando la peor versión de la sociedad bajo pretexto de “seguridad”. Desde ya, acato la cuarentena, pero no contra el coronavirus, sino contra la supina ignorancia de los desalmados que nos rodean. Mi respeto por quienes trabajan con los contagiados. Un santo los protege desde el cielo.

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