Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 11 de abril de 2021
  • Actualizado 06:24

Era verano y Santiago estaba infernal. Me llamaron a una entrevista de trabajo. El aire acondicionado era ensordecedor, pero traía calma a la rabiosa temperatura exterior. La reclutadora me dijo que íbamos a pasar toda una tarde con las pruebas. Empezamos con las más difíciles. Ejercicios matemáticos contra reloj, lógica y cuadros en un determinado tiempo. Los hice todos y quedé satisfecho. Pero, sin saberlo, después vino lo peor.

“¿Qué ves en la imagen?”, me preguntó mientras sostenía una lámina. Mi cabeza trataba de buscar una posible solución, pero todo era cubista/manierista: un murciélago al revés, una cucaracha aplastada, la tapa de un disco de gótico industrial noruego. Era el famoso Test de Rorsarch, un examen proyectivo que devela ciertas áreas de la personalidad. Luego, vino la hora de dibujar y me pidió que ilustre un hombre bajo la lluvia y entregué mis trazos dentro de lo posible.

Una semana después me dijo que no fui seleccionado, pero que quería entregarme los resultados de dicha evaluación. Quedé sorprendido. Era una radiografía de mi personalidad a partir de una serie de evaluaciones psicológicas, que me sirvieron para entender mis puntos fuertes y débiles. El cargo no era para el más inteligente, sino para el que pueda resolver mejor los problemas. Ese día fue un pequeño despertar y me llevó a entender mi lugar laboral ideal: docencia en tecnología.

Un cargo administrativo en la función pública es exactamente igual. Requiere un perfil. Unas características previas que deben ser evaluadas para obtener lo mejor de los candidatos. De hecho, el primer funcionario (léase presidente) debería cumplir tales características, si acaso existe un perfil requerido para el cargo. Para unos, es un tema de inteligencia, para otros de habilidades comunicacionales o formación académica. Pero resulta hilarante quienes apuestan al tamaño de los testículos del candidato para validarlo como hábil para el cargo. Claramente, ni expertos aviarios ni urólogos pueden testificar que tales características sean condición sine qua non de liderazgo o vocación de servicio. De hecho, los seguidores de Farinelli entenderán este guiño con una sonrisa.

Qué fácil sería pasar a los candidatos por una serie de evaluaciones que cualquier persona promedio realiza en una empresa reclutadora. Así nos evitaríamos toda una suerte de errores a futuro. Que la consultora entregue una terna y que desde ahí, la sociedad aplique esta ilusión de elección llamada elecciones en democracia para escoger al idóneo. Así evitarían también los efectos colaterales al país en cuestión: depresión, ansiedad, ira e incertidumbre por encontrar a un sujeto que de la talla al cargo.

Prefiero el método de Google. Esta empresa dejó de pedir currículums y somete a sus candidatos a preguntas como: si eres reducido al tamaño de una moneda y quedas atrapado en una licuadora en funcionamiento, ¿qué haces?. Esa capacidad de imaginar y construir futuros es lo que permite que tanto empresas como personas, desarrollen su talento al máximo. Por eso, el único tamaño que debe importar es el tamaño de las ideas y las soluciones a un país encadenado a su infierno burocrático.

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la Información en la Agencia Bithumano

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