Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 18 de mayo de 2021
  • Actualizado 18:40

Escena 1

Deep Nostalgia es un sistema de inteligencia artificial que “trae a la vida” a seres queridos desde fotos de antaño. Tan simple como cargar una imagen a myheritage.es/deep-nostalgia y el software logrará “animar” la imagen durante unos segundos en formato video. La Monic hizo el experimento con su abuelito y publicó el resultado en Facebook. Las reacciones en los extremos: quienes quedaron encantados por el resultado, recordando con cariño a don Jorge. En la otra vereda, quienes se espantan de la idea de “perturbar” de esta manera un espíritu que ya partió. En ambos casos, Deep Nostalgia apela a un hecho fundamental: eres inmortal, lo creas o no. Y no se trata de un concepto filosófico, sino altamente tecnológico.

Imagina un futuro inmediato, donde tus mensajes de audio por Whatsapp, las frases que usaste, las cientas de fotos que colocaste en redes sociales junto a los videos tuyos bailando en Tik Tok, sean sistematizados por una inteligencia artificial que te represente. Sí. Lo vi en Black Miron(San Junípero / Be Right Back), y en Carbon Altered y aunque suena a ciencia ficción, tu “yo digital” está almacenado en servidores en la nube, esperando ser activado de alguna manera. La pregunta no es cómo sucederá, sino quién serás en ese presente contínuo. Precisamente, don Jorge es un buen ejemplo. Oriundo de Hungría con pasaporte austríaco llega a Bolivia huyendo de los horrores de la WW2 con la J marcada en su documento. Aquí empieza una nueva vida. Hablar con la Moni es leer en sus ojos ese pasado, y como aquel viaje en barco en la década de los 40s, lo mantiene vivo ahora en su familia.

Escena 2

La puerta se abrió discretamente. Unos ojos asomaron susurrando para que entre inmediatamente. “El michi se puede escapar”. Entro de puntillas, casi en postura de jeroglífico egipcio. Efectivamente, el “Félix”, el gato de mi madre, asoma por la cocina pidiendo sus dosis de cariño en brazos. Después de este rito inicial, los veo. Están ahí. Sentados a la mesa, con un envidiable talento para la cocina. Desde hace década ese pollo al curry les queda delicioso. 

La charla es random como dicen los teens. La política, el clima, el vecindario, los dolores de cabeza de la tramitología y la cultura de la fotocopia de carnet. Todo con un toque transversal de humor. Qué le vamos a hacer, el circo de la política nacional y sus devenires está lleno de bufones, especialmente para quienes la entendemos como eso. Un circo que ya no da pan, pero que de alguna manera nos divierte mientras encogemos de hombros.

Hace un año que comenzó la cuarentena. Recuerdo que iba a celebrar el día del padre, pero solo alcanzamos a vernos de lejos y hacer gestos de abrazos. Después vinieron días de frío y soledad (Paez dixit), y el miedo empezó a minar las conversaciones. No más visitas. Una bolsa de remedios en la puerta, un pan casero y sendas recomendaciones de salud. Charlas por videoconferencia y el dolor ajeno convertido en estadísticas. Unos contagiados, otros fallecidos. Pero de alguna manera, con la sensación de que la burbuja de la vida se ha vuelto más frágil y te permite ver el otro lado, donde quiera que te lleve.

Durante este año, los medios digitales se llenaron de webinars, charlas y frases sobre la “nueva normalidad”, sobre la importancia de digitalizarse y las buenas intenciones. Hoy, la tragedia ya no se mide en la comedia propagandística de las vacunas, sino en la complacencia del sistema para ver filas, aglomeraciones, y el consabido mal servicio de las instituciones. No se aprendió la lección. Nosotros somos el virus. 

Escena 3

Después de tiempo que nos vimos. Sentados a la mesa, haciéndome preguntas por el lugar donde trabajo, una empresa de autos eléctricos. Mi papá es un experto en el tema. Como en tantas cosas. Al salir, les muestro el auto. Lo llevé para el testing. Mi papá quedó encantado, mi mamá un poco más cautelosa, pero sin saberlo, ahí estábamos otra vez, un año después, charlando de algo que no sea la pandemia. 

De pronto, mi papá me da un boceto en servilleta. Es un prototipo de transporte con adaptaciones al auto que acaba de realizar mientras charlamos. Queda la promesa de ir a la fábrica. No hay besos ni abrazos. No todavía. Vuelvo en el auto eléctrico hasta la oficina. En mi mente, pienso en todo esto, no hay fotos, no hay grabaciones, no hay una IA que pueda recrear este momento en el futuro. Mis papás siguen acá, tengo un trabajo que me encanta y la nieta de don Jorge me abraza con los ojos. Tan afortunado que estos momentos son mi final de Blade Runner, son lágrimas en la lluvia.

PUNTO BO

MARCELO DURÁN V.

Docente y Consultor en Tecnología de la Información en la Agencia Bithumano

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