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  • Diario Digital | lunes, 14 de octubre de 2019
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La sexualización de la infancia

La sexualización de la infancia

Desde que las niñas comienzan a socializar, antes incluso de la escuela, se les ha enseñado a buscar la aprobación de su cuerpo como si fuera la expresión integral de su esencia. A partir de que comienza su desarrollo físico en la adolescencia reciben mensajes de aprobación o desaprobación en relación a su cuerpo. Pronto se acostumbran a dar las mismas respuestas pasivas a tiempo de ir moldeando en ellas su carácter: sonrojarse, mostrar timidez o esconderse ante el acoso agresivo de sus pares masculinos con frases como “qué buen trasero” o, por el contrario, “eres plana” o cualquier otra que las ponga al lado de las “bonitas o desdichadas”, como decía la protagonista nada agraciada de una película.

¿Por qué tienen las niñas que crecer en un ambiente hostil que las coloca invariablemente en una balanza, en el eterno concurso de belleza que bien podría explicar el mito de la competitividad entre mujeres?

La teórica feminista española Rosa Cobo considera que el atractivo sexual hoy es fundamental en el patrón social que se exige a adolescentes y adultas, tras él se eclipsan otros tipos de representación femenina.

Desde antes de llegar a la adolescencia van asimilando que el éxito social se vincula a la imagen, esto se refuerza en medios de comunicación, la cosificación del cuerpo femenino en publicidad, cine, música, en general en gran parte de nuestras expresiones artísticas y culturales nos muestra una mujer pasiva con rasgos de una estética completamente ajena, además, foránea, pero que asumimos como propia.

Este modelo marcará nuestra autoestima y el ideal al que pretendemos llegar en la juventud y mantener a toda costa a lo largo de nuestra vida sin descanso, incluso cuando la vejez ya es evidente. Se despersonaliza nuestro cuerpo bajo el discurso de que la sexualización forma parte de la naturaleza femenina.

La feminista marroquí Fatema Mernissi, en su ensayo “El Harén de Occidente”, confronta con ironía la idea de que las mujeres de occidente sufren una opresión similar a la que viven ellas en Oriente Medio, definida por el consumo ansioso para lograr un cuerpo delgado, en maquillaje, moda, dietas y cirugías, porque evidentemente va más allá de tener un cuerpo saludable.

Tal vez está tan internalizado que creemos no sufrir la competencia ni la presión social por ser perfectas, pero ¿qué de malo entonces? Que el mensaje implícito que absorben como cultura las niñas es avasallador, que ser mujer es aspirar a una imagen como objeto de placer al margen de nuestra dignidad y nuestros aspectos personales.

“La sexualización de la infancia supone la imposición de una sexualidad adulta a las niñas y los niños, que no están ni emocional ni psicológica ni físicamente preparados para ello”, indica un informe de 2015 del Parlamento Europeo.

Si de niñas nos planteaban la opción de simple comodidad, seguro que la adquiríamos. Pero de adultas, ¿será que las libertades que ostentamos como mujeres empoderadas son reales si nuestras opciones de apariencia no cuadran con lo que elegiríamos en un mundo sin roles sexistas? ¿De verdad somos libres para optar por los tacones altos, ropa ajustada, la depilación corporal, tatuar, estirar, quemar nuestro rostro o implantarnos prótesis entre tantos costosos y dolorosos procesos estéticos?

La respuesta es muy íntima y a nadie más que a nosotras mismas se la debemos, pero hoy ya sabemos que este reflejo de nuestra autoestima puede costarles mucho a las niñas de generaciones futuras.