Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 22 de enero de 2020
  • Actualizado 22:40

No demos ese fatídico paso

No demos ese fatídico paso

En estos días - tiempos ya, dependiendo de quién calcule la data – farragosos y de estigmatización y desinformación, muchos sienten que aquello que sabían o creían conocer de los tejemenejes de la política nacional, se ha diluido, en el mejor de los casos, o se ha esfumado, en el peor de todos. Y no es para menos, ya que estamos inmersos en tiempos de zozobra, de laxitud de certidumbre, pero, además, vivimos una galimatía sin precedentes como sociedad.

La vorágine de la información muda de piel sin descanso y aquello que leímos en la tarde, ya está fenecido entrada la tarde. Estamos creando cadenas de olvido. Estamos viviendo una amnesia colectiva. Las noticias mueren instantáneamente y también surgen por doquier, muchas de fuentes de escasa fiabilidad.

Buscamos desesperados un faro que nos muestre el puerto seguro, pero nuestros ojos apenas vislumbran miles de lucesitas que parpadean y confunden nuestra brújula de navegación. Estamos a punto de encallar. Y no es para menos, ya que toda sociedad siempre demanda certidumbre. Exige claridad para su entramado y construcción como tejido social. Y cuando se le niega esa guía meridiana, vemos enemigos donde no los hay, acusamos por temor, atacamos primero, como una manera de resguardarnos y disparamos nuestra desconfianza hacia terrenos muy complejos de desactivar. Nos matamos como sociedad. Hemos pasado de un tiempo de pseudo bienestar – siempre mezquino para nosotros los bolivianos -, a un tiempo contundente de malestar generalizado. Desde que tengo uso de memoria, medio siglo de vida ya, siempre he visto convulsión social, disfunción política, arribismo, oportunismo barato, corrupción, políticos sicofantes y un largo y continuo proceso de odios intestinos entre todos nosotros.

Hemos – e incluyo a todos nosotros – liquidado el estado de bienestar. Lo hemos fulminado. Prendimos la fogata y sin cejar arrojamos todo a las llamas y alrededor de ella, (nos) vemos nuestros demonios arder, gozosos por la adrenalina de la destrucción de viviendas, de hogares de plazas, de puentes, de edificios, de carreteras, de todo aquello que nos pertenece por derecho o por ley. Caímos hincados en una cuita descomunal (...).

Solo nos queda jugar una última carta: Un Pacto Social.