Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 15 de junio de 2021
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¿Qué hacemos con los idiotas?

¿Qué hacemos con los idiotas?

Histórica y filosóficamente la idiotez ha sido vista, por lo general, como un obstáculo para alcanzar el conocimiento, la realización moral, la sana y elevada discusión e intercambio de ideas y, de alguna u otra manera, se ha intelectualizado en demasía la estupidez y se olvidó del real problema: los idiotas de carne y hueso.

Cualquiera sea la definición a utilizar, tanto intelectuales como mundanos siempre llegan a la misma conclusión: se debe utilizar todos los medios posibles para combatir la idiocia, sin escatimar ningún esfuerzo y recursos, en una faena acendrada y arropada por banderas de la stultitia delenda est.

¿Pero por qué es esto así? Para el filósofo Maxime Rovere, de la universidad Católica de Rio de Janeiro, el idiota real encierra un peligro social alarmante ya que no solo es aquel que no usa barbijo, por ejemplo, o se empeña en quemar basura en el patio de su casa y se sienta a mirar su obra con una pasmosidad absurda, o el individuo que niega el coronavirus, o el que bota basura desde la ventana de su automóvil o, sencillamente, el terraplanista o negacionista como Bolsonaro o los populistas Trump, Maduro y Morales, sino porque provocan una especie de parálisis mental y ocasionan que la propia inteligencia social, política y moral caiga en desgracia. Los valores se devalúan, por culpa de estos gorrinados.

Todo indica que, al parecer, el idiota absorbe la capacidad de análisis del otro y logra que su interlocutor caiga en una atonía mental, pierda perspectiva y derrumbado ante el rebuzno, se vea enlodado en el terreno de la imbecilidad.

Entonces, no es el concepto en sí el peligro para la humanidad, sino los idiotas reales. Ellos son un verdadero problema, ya que para Rovere, los imbéciles alcanzan el éxito e incluso el poder por su inconcebible capacidad para acomodarse y "encarnarse en la mediocridad", debilitando inteligencias propias y ajenas.

Los idiotas no son mayoría, pero la mayoría casi siempre es idiota. Y esto es así porque el necio no describe a una sola persona, sino a la interacción entre dos o más individuos. Y frente a cualquier situación - donde las emociones se inclinen por provocar un conflicto -, probablemente haya alguien frente a ti que se está comportando como un imbécil, pero también, seguramente, en contrapartida, dentro de ti está brotando un idiota.

Cuando piensas que tú tienes prioridad, solo porque estás apurado, o creer que, por tener un cargo gerencial, estas libre de cometer errores o acusaciones, o peor aún, cuando por tener unos cuantos pesos más que el resto de los mortales, pasas por encima del resto, por sentir que eres merecedor de privilegios o derechos por encima de los demás.  

Por esto y por muchas razones, frente a esa actitud desvergonzada, debemos hacer el mayor de los esfuerzos para ponerle un parapeto al idiota de enfrente y al que llevamos dentro. Porque si piensa usted que no es o nunca ha sido un idiota, le paso un dato: los idiotas siempre van en pareja por la vida: el que identificas como imbécil y uno mismo. Así que, yo siendo usted, guardaría sigilosamente esa piedrita, antes de arrojarla al prójimo creyéndose libre de culpa y pecado. No vaya a ser que alguien detrás suyo le espete: ¡Oiga! No sea bellaco…¡Respete la fila!

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