Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 12 de agosto de 2020
  • Actualizado 05:31

¿Cuándo se jodió (otra vez) Bolivia?

¿Cuándo se jodió (otra vez) Bolivia?

Mario Vargas Llosa escribió en su novela Conversaciones en la Catedral, una frase que le atribuye al personaje central del relato, Santiago, quien apoyado en la puerta del diario La Crónica, lanza un pensamiento, un tanto con nostalgia y otro tanto con desconcierto y pesimismo: ¿Cuándo se jodió Perú?

La frase fue reutilizada en diferentes momentos de la política no solo peruana, sino latinoamericana, para explicar contextos de crispación social o cuando el sistema político, raído y desgastado, entra en colapso en un país. 

La novela de Vargas Llosa es un retrato crudo de la corrupción moral y la represión política que vivió Perú bajo la dictadura del general Manuel A. Odría. Santiago, con el paso de los años, y en su búsqueda de una respuesta a su pregunta, cae en una respuesta particular: Perú no se había jodido en un momento determinado, sino en una sucesión de contextos históricos. Es decir, un correlato de tramas difíciles, políticos y sociales, que hicieron que Perú, lamentablemente, se jodiera.

En estos momentos de oscurantismo e ilegalidad que atraviesa el país, la pregunta de Santiago está cada vez más vigente. ¿En qué momento se jodió Bolivia? Y la respuesta, nuevamente, es la misma que obtuvo el personaje central de Conversaciones en La Catedral: en muchos momentos y a causa de muchas violaciones e irregularidades de las leyes, de la Constitución, de la inmoralidad, de la corrupción descarada, de la economía informal, de los contrabandistas, del narcotráfico campeante y, claro, por supuesto, de los actores políticos, de todos los bandos, estériles de liderazgo y de absoluta ineptitud. 

Moisés Naím, en su libro El Fin del Poder, nos recuerda y advierte también, que como nunca antes los políticos acceden fácilmente al poder, pero, también, como nunca antes, lo pierden fácilmente. El poder se escurre de las manos. No hay retención eterna del imperio. No hay político inmortal. No hay perdurabilidad... En este cuadrilatero, la ausencia de certidumbre se torna crítico. No hay árbitro valedero. Los golpes bajos son válidos, y los púgiles usan manoplas, muerden, pican los ojos del contrincante y sobornan sin tapujos por puntos a su favor. Todo está amañado. Todo está podrido. Todo, en definitiva, está confuso y el hastío del boliviano formal, legal, que cumple las normas y se levanta todos los días a trabajar de manera decente, sufre golpes diarios y se siente engañado y, por lo tanto, jodido.

Es por eso que, que quiero decirle amable lector que no se confunda. Son ellos los que están jodidos (...).