Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 25 de junio de 2022
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Filipo y la vida como pasión

Filipo y la vida como pasión

“Filemón, con el corazón a la izquierda”, “La importancia de llamarse Filipo”, “El vendaval Filipo”, “El entierro del último héroe”, “El líder renacido, una marcha por la vida de Filemón”, “Adiós proletariado ilustrado”, “Filemón Escóbar en la Historia”, “Filemón” o simplemente “Filipo” son los artículos escritos por amigos de Filemón Escóbar, que entre muchos otros se despidieron a través de palabras, narrando y destacando aspectos valiosos de él. 

Cinco años ya han pasado desde su partida. En casa, que fue su lugar más amoroso e importante, lo recordamos a menudo. Si algo hay que puede pasar de generación en generación en su familia es la transmisión y admiración de su entereza, la coherencia de sus acciones que, sin traicionar por sobre todo a sus convicciones y sus ideales, las llevó adelante.

Cuando una escribe y pretende retratarlo surge la indecisión: ¿cómo recordarlo?, ¿incursionar por la faceta de político, de dirigente, de papá? Y lo cierto es que por donde quiera abordarlo, como es propio de las personas íntegras, sin dobleces ni imposturas, todas las facetas de su vida convergen en destacar su esencia, la rectitud y honestidad en todo lo que hacía. 

A Filipo le tocó vivir una vida intensa sin duda, clásica de los personajes que perduran en la historia y que brillan precisamente por las vicisitudes que la vida les presenta. Entre los periplos por los que pasó, le tocó vivir su infancia en el orfanato Méndez Arcos; y luego, jovencito, salir rumbo a las minas a trabajar en interior mina y abrevar de dirigentes mineros de la talla de Federico Escóbar, Isacc Camacho y Juan Lechín Oquendo. Es así que se desempeñó como dirigente minero y, junto a Simón Reyes, fue protagonista de la Marcha por la Vida. Posteriormente, traslada su apuesta a los sindicatos cocaleros del Chapare, dando cursos de formación política sindicato por sindicato. En toda esta travesía, afrontó momentos de dictadura, exilios, cárcel, torturas, épocas de clandestinidad, situaciones en los que la persona se halla entre la vida y la muerte, con la vida pendiendo de un hilo. 

Una de las características de Filipo era que sin tibiezas ni pelos en la lengua decía lo que pensaba y era consecuente con lo que creía y predicaba. Desde abajo como un simple minero de interior mina, o desde la dirigencia obrera, la diputación o senaturía, con el cable a tierra, sin dejarse seducir por el poder, siempre fue el mismo. Partidario convencido de la complementariedad de opuestos, apostaba por “el aprendizaje del respeto recíproco entre blancos e indianos” como señala en su libro De la Revolución al Pachakuti. 

No fue adepto de la confrontación ni de la oposición irreconciliable, que no permite construir algo en común. De esta tierra, se nos fue Filipo, en la casa a nosotros se nos fue papá, “el flaquito” o “el Papá Abu”, como lo llamaban sus nietos. Un 6 de junio de 2017 a las nueve de la noche se fue apagando sin sufrimientos, como tenía que ser su viaje con la parca, en paz. Se fue en cuerpo y en nosotros se quedó su energía, su ajayu. Se dice que no es azar que nos topemos con determinadas personas en nuestra vida, de tal modo que quienes conocimos a ese “vendaval” debemos alegrarnos de la existencia de un ser humano apasionado por la vida, lleno de solidaridad, ética, compromiso y fortaleza.

FORO

GABRIELA CANEDO VÁSQUEZ 

Socióloga y antropóloga 

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