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  • Diario Digital | domingo, 23 de enero de 2022
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La insólita y odiada Thunberg

La insólita y odiada Thunberg

Greta Thunberg despierta el odio tanto de poderosos como de envidiosos innatos. De los primeros, por el hecho de que una adolescente sea más sensata que ellos y además tan valiente como para denunciarlos como responsables del desastre medioambiental. Por parte de los segundos, porque la envidia corroe siempre a los mediocres, a los incapaces de realizar aquello que pretenden desacreditar. Alcanzar el culmen en lo que se emprende suele comportar la inquina de gran número de celosos. Si tal ocurre respecto de los adultos, ¡cuánto más respecto de una chiquilla!

Nacida en el 2003, contaba solo 15 años cuando dio comienzo a sus acciones para frenar la crisis climática. Muy pronto, estudiantes de diversos países la siguieron con sus proclamas, mientras que ella, en febrero del 2019, intervenía en Bruselas ante el Comité Económico y Social Europeo. Allí avisó de que si los dirigentes no luchaban contra el cambio climático perpetrarían “el fracaso más enorme de la historia humana”. Más tarde, en septiembre, pronunciaría un discurso nada más y nada menos que en la ONU en ocasión de la cumbre sobre la Acción Climática. En la reciente COP25 de Madrid han ­debido oírla exigir, una vez más, que los líderes mundiales sean responsables y emprendan acciones efectivas para frenar el calentamiento global.

¿Acaso puede soportar sus críticas y advertencias la estulticia de gobernantes tan poderosos como Donald Trump y otros congéneres, o la avaricia de grandes dirigentes empresariales? Imposible cuando las tremendas verdades provienen de la que consideran “una niñata”. ¡Qué humillación!... Por eso ven necesario, igual que los envidiosos, poner en cuestión su persona, sus intenciones, sus familiares.

Vergonzoso por el lado de los potentados, vergonzoso por el de los celosos. Cabe preguntarse hasta cuándo Greta Thunberg ­podrá resistir el ajetreo, las presiones y la malquerencia. En enero cumplirá 17 años, y quizás se tomará un descanso para reintegrarse a su vida de estudiante. Tanto si continúa con su activismo como si lo deja en suspenso –sería de prever que solo temporalmente–, su labor no habrá sido en vano. Ya no queda gente ciega a la urgencia de salvar el planeta y sus habitantes. Si acaso, quedan sordos interesados, pero prestos a ser barridos.

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