Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 19 de septiembre de 2021
  • Actualizado 16:28

En memoria de Ruth Orellana

En memoria de Ruth Orellana

Los voluntarios (hombres y mujeres) de los diferentes grupos terminan sus jornadas totalmente extenuados, porque tras lograr apagar un incendio forestal deben acudir a sofocar otro que es iniciado por gente inescrupulosa a la cual no le preocupa destruir la naturaleza y contaminar el medioambiente. 

Lo que más aflige, además de las jornadas sacrificadas de los voluntarios, es que realizan esta labor altruista con pocos equipos y herramientas, porque carecen de ellas. 

Además, cada vez que se valida un incendio forestal algunos grupos de voluntarios deben "mendigar" por vehículos para que los trasladen hasta el lugar del siniestro, o por lo menos para que les abastezcan de gasolina. Eso es inadmisible. 

La pobreza franciscana de estos grupos llega a tal extremo que el fin de semana una voluntaria clamó en Santa Cruz que "los bomberos forestales sueñan con dejar de ser los héroes de la precariedad", según un reportaje publicado por El Deber. 

Pero, además de la precariedad evidente en la que trabajan estos héroes, esta dura faena se deja casi en su totalidad en manos de los grupos de voluntarios, mientras que las entidades llamadas por ley a prevenir y sofocar los incendios miran desde el palco. 

Es más, en muchas oportunidades se ha comprobado que existe una reacción muy tardía de parte de estas entidades, cuyos responsables se resienten cuando se observa su trabajo. 

La muerte de la voluntaria Ruth Orellana, quien deja en la orfandad a un niño de tres años, no es casual, es la suma de desaciertos de parte de las entidades responsables de proteger el medioambiente. En primer lugar, se resisten a equipar en forma adecuada a los voluntarios que realizan una labor desinteresada, dejando de lado sus actividades personales. 

Asimismo, cuando se desata un incendio y se pide información, los responsables de estas reparticiones públicas brillan por su silencio, cuando deberían ser los primeros en empaparse del tema y brindar todo el apoyo que requieren los voluntarios. 

La muerte de Ruth Orellana se pudo prevenir si la tarde del miércoles 1 de septiembre se habría valorado la magnitud del incendio y destinado mayor cantidad de personas y equipos para sofocar el fuego en Melga. 

Ahora, ninguna palabra de pesar o aliento, o indemnización económica, podrá reparar esta gran pérdida, de una joven madre, voluntaria hasta la médula, un ángel que prodigaba su tiempo sin avaricia, pero que por un sino fatal del destino falleció en el cumplimiento de su deber. 

A partir de ahora, las autoridades deberán realizar su trabajo a conciencia, para que ningún voluntario o voluntaria pierda la vida por salvar la de otros, la de todos nosotros.

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