Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 03 de julio de 2022
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Medidas radicales contra las violaciones

Medidas radicales contra las violaciones

Una niña embarazada, producto de una violación por parte de su abuelo, y un niño vejado sexualmente por cuatro hermanos son dos muestras aberrantes de la extrema violencia que se ejerce en contra de los niños y niñas, en una sociedad que está perdiendo el norte en lo que se refiere a los valores fundamentales de respeto.

En el primer caso, la posibilidad de practicar una Interrupción Legal del Embarazo (de siete meses) ha provocado una dura polémica, entre quienes consideran que no corresponde el aborto y aquellos que afirman que obligar a la niña de 12 años a continuar con la gestación se constituye en una tortura.

En el caso de los denominados “monstruos” de Yapacaní, quienes habrían violado a por lo menos tres menores, provocando la muerte de uno de ellos y dejando a otro en terapia intensiva, un grupo de personas reaccionó con tal indignación que llegó hasta una repartición policial para golpear a uno de los cuatro hermanos agresores.

Estos dos casos se suman a los que, lamentablemente, se conocen casi todos los días: violaciones por parte de familiares, agresiones que provocan lesiones de gravedad en los menores y abandono. Lo que más preocupa es que el número de niños y niñas víctimas de estos crímenes execrables aumenta.

¿Por qué se incrementa el número de casos de violencia extrema contra los niños y niñas? Pero, lo más importante es responder a esta pregunta: ¿qué se puede o debería hacer para reducir los índices de violencia?

Durante los últimos años se ha insistido en un tema esencial, la prevención. Pero, ¿cómo lograr salvaguardar la integridad de los niños y niñas cuando son agredidos, en la mayor parte de los casos, en el seno de sus familias?

La respuesta a estas interrogantes no es sencilla, porque en los últimos años han abundado las campañas de concienciación, las cuales, por lo visto, no están logrando los resultados que se esperaban. Padres, padrastros, abuelos, cuñados, tíos, primos o hermanos siguen agrediendo inmisericordemente a los más indefensos de las familias. Y una vez que el daño está hecho, es difícil revertir las secuelas físicas o psicológicas.

Una propuesta que se ha repetido con insistencia en la última década es la de endurecer las penas contra los violadores, pero algunas personas e instituciones adelantan que no es la solución para erradicar este crimen.

Entonces, ¿qué hacer? Se debe insistir en las campañas de prevención, enseñar en las escuelas (y por supuesto en los hogares), que se debe respetar al otro, que no se puede violentar el cuerpo de los demás.

Eso parte, fundamentalmente, de los hogares, donde se tiene que enseñar, con el ejemplo, que la violencia no es una conducta normal, sino una aberración que se debe desechar de la vida cotidiana, caso contrario, la sociedad avanza hacia un despeñadero del cual será difícil de salir.

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