Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 04 de abril de 2020
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Áñez ante el legado de Gueiler

Áñez ante el legado de Gueiler

La asunción de la beniana Jeanine Áñez a la Presidencia del Estado es motivo de controversia, pero también de reminiscencias históricas. Su llegada al Palacio Quemado ha traído a la memoria la figura de Lidia Gueiler Tejada, la primera mujer boliviana que asumió la Jefatura de Estado del país y una de las primeras presidentas en la historia latinoamericana. No pocos se han apurado en precisar que Áñez se ha convertido en la segunda Mandataria boliviana de la historia y que, como su predecesora, tiene ante sí un mandato transitorio fértil en desafíos y riesgos. 

La cochabambina Gueiler (1921-2011) fue elegida presidenta de la República el 16 de julio de 1979, por un Congreso nacional que encontró en la cabeza de la Cámara de Diputados la panacea legal al golpe de estado perpetrado por Alberto Natusch Busch contra Walter Guevara 15 días antes. La mujer se hizo cargo del Gobierno con la principal misión de conducir al país a unas nuevas elecciones presidenciales convocadas para el 30 de julio de 1980. Su mandato constitucional iba a durar menos de un año, pero, aun así, fue interrumpido por otro golpe, el comandado por Luis García Meza el 17 de julio de 1980.

Salvando las distancias históricas, Áñez llegó también a la Primera Magistratura por la vía congresal y no así como resultado de las urnas. Era segunda vicepresidenta del Senado y, ante el vacío de poder imperante tras la renuncia de Evo Morales y Álvaro García, asumió la Presidencia por “sucesión constitucional inmediata”, un recurso jurídico cuestionado por algunos, pero avalado por el Tribunal Constitucional Plurinacional. 

Un matiz respecto a Gueiler es que la abogada de 52 años no es una figura de consenso entre los partidos con representación política en la Asamblea Legislativa, sobre todo, entre los del MAS, que constituyen mayoría parlamentaria. Eso explica que Áñez debiera autoproclamarse en lugar de ser ungida por el Legislativo, que sesionó sin el quórum necesario para tal efecto. Lo atípico de esta sucesión constitucional ha provocado que el otrora oficialismo masista y sus movimientos sociales desconozcan a la nueva Mandataria, que, no obstante, es reconocida por los opositores y amplios sectores sociales movilizados que coadyuvaron a la renuncia de Evo.

No deja de llamar la atención que una crisis política liderada casi exclusivamente por hombres (Camacho, Morales, Mesa) haya encontrado una salida, aún temporal, en una figura femenina. Una salida que, más allá de ser accidental, debería comprometer a los bandos en conflicto a la pacificación del país. Lo contrario significaría apostar por prolongar indefinidamente la confrontación, paralización e incertidumbre que tanto daño le viene haciendo al país.

Al igual que Gueiler, Áñez ha asumido la Presidencia del Estado con un propósito casi único: conducir al país a unas elecciones que culminen con la posesión de un nuevo Presidente salido de las urnas. No es un desafío fácil. Para alcanzarlo deberá encarar tareas inmediatas, como la restitución del Estado de Derecho y la conformación de un nuevo TSE probo, pero también otras más estructurales como la recomposición de la convivencia social y la construcción de horizontes compartidos para los bolivianos.