Opinión Bolivia

  • Diario Digital | domingo, 26 de junio de 2022
  • Actualizado 17:40

El sonido del silencio

El sonido del silencio

El vertiginoso y desordenado crecimiento de las ciudades ha venido acompañado de un crecimiento igual de vertiginoso y desordenado; no solo de más gente, sino de más basura, más vehículos y también de más ruido. 

Lamentablemente, el ruido es una peligrosa forma de contaminación, que como las demás formas de contaminación no puede ser atendida, prevenida ni castigada por las autoridades existentes. Un poco por lo generalizado del asunto que exhibe su incapacidad y otro poco porque no les resulta prioritario ni necesario.

El principal riesgo del ruido tiene que ver con la sanidad mental de los ciudadanos. El ruido nos tensiona y nos enferma a todos. Hace que nos gritemos y nos incita de tal forma que de la palabra y el diálogo pasamos al grito y a la agresión. 

Pero ese riego se extiende y afecta a todos. El veterinario de Goliath nos comentaba que es frecuente identificar en los quiltros que viven por los alrededores del estadio, crisis nerviosas por estrés debido a los cohetes de los fanáticos futboleros.

El ruido nos rodea y nos devora. Lo encontramos en nuestros vecinos que se trasnochan cada fin de semana, en los obreros que hasta en feriados trabajan en la construcción de la casa de lado, pero también en las calles, las plazas y en diferentes rubros. 

La actividad comercial de venta de cualquier producto no es tal, sino tiene un parlante de gran tamaño ubicado en plena vía pública y un elevado volumen de los ofrecimientos, con los cuales se tortura a los transeúntes. La kermesse de solidaridad no existe sino tiene una ruidosa amplificación que ensordece a cualquiera. La fiesta no es fiesta si no nos deja sordos por varias horas. No quiero meterme a hablar ahora de la estridencia y mal gusto de lo que algunos llaman música, pues definitivamente tocaríamos sensibilidades. 

La tecnología pareciera ser cómplice también para incrementar la contaminación. No solo a través de los grandes parlantes que transmiten las ofertas con una voz robotizada en aplicaciones libres del internet; sino también, por ejemplo, con el relativamente fácil acceso que hoy se tiene a las amoladoras de todo tamaño, que los constructores han convertido en su principal herramienta y la usan para cortar madera, ladrillos, cerámica, fierro, en fin, para todo.

No queda más que añorar ese valioso “sonido del silencio” que tanto ayudaría a todos a mirar de distinta manera todo y encararlo en consecuencia.

SERENDIPIA

DINO PALACIOS

Ciudadano

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