Opinión Bolivia

  • Diario Digital | lunes, 25 de octubre de 2021
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La muerte del dictador

La muerte del dictador

El 6 de este mes recordamos 159 años del fallecimiento de un hombre brillante, culto, nacido en cuna noble, adinerado, escrupulosamente honrado hasta el extremo de la manía; trabajador incansable, se autocalificaba en méritos, afirmando: “desconozco el fingimiento, detesto la hipocresía, amo  la verdad, el  trabajo y la familia”.

Proclamaba que  amaba a Bolivia con pasión, pero en realidad, su verdadera pasión era el poder político y su ejercicio, para cuya obtención no hacía distingo alguno. Durante el lapso de nueve años “anudó” treinta y tres revoluciones, cientos de componendas, participó en elecciones; ejerció como congresal y tomó toda acción encaminada para obtener el supremo mando para cambiar  Bolivia y convertirla en sueño idílico.

Obtuvo el curul ansiado mediante una asonada el 8 de septiembre de 1857. En el discurso de su  posesión como Presidente ratificó su embeleso por la patria: ”el anhelo por su bien me cuesta lo que a nadie, y por eso mi irrevocable resolución de arrostrarlo todo y hasta ofrecerme en holocausto”. Ello no estaba lejos de la verdad, pocos hombres en la historia de Bolivia perdieron tanto en su lucha política: cuna, comodidades, fortuna, estabilidad familiar y salud.

Linares, por naturaleza mesiánica y moralista, consideraba  que los principales males de Bolivia radicaban en el orden ético y personal; por ello predicaba la reforma del hombre y su conducta. Un verdadero Quijote contra los molinos de viento. Fracasadas sus esperanzas se declaró Dictador. Medida que fue aplaudida, en principio, por su entorno áulico y después censurada. Olañeta, quien recibió confianza y favores mediante carta le reclamaba: Señor Linares, ¿tenéis o no aptitud suficiente como para levantar la Patria de su postración? Si lo primero, apresuraos a hacerlo, porque el tiempo vuela y el sufrimiento agota y, si lo segundo, arrojad el estro férreo de la dictadura que en vano apretáis con mano raquítica”.

Sus virtudes no fueron reconocidas ni de muerto, sus deméritos fueron exaltados y amplificados: se lo motejó de irascible, intolerante, iracundo, misógino, autoritario, fanático.  Víctima de la traición de sus directos colaboradores, fue puesto en el camino de la proscripción a Chile, allí murió en soledad y pobreza absoluta.


"CUCHO" JORDÁN Q.

Abogado, docente e  historiador del Derecho

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