Opinión Bolivia

  • Diario Digital | viernes, 24 de enero de 2020
  • Actualizado 05:25

Luces que iluminan

Desde que el hombre enfrentó a las tinieblas de la noche y la oscuridad de las cavernas donde moraba, tuvo la tentación de vencer la oscuridad y lo logró; al principio de manera primitiva, quizás quemando maderos que luego se convertirían en antorchas, cuando lograron distinguir vegetales resinosos que facilitaban el encendido y su combustión era más lenta frente a los otros menos perennes. A los primeros, los romanos llamaban taedae, pero muy  pronto comprendieron que tal uso acarreaba muchos problemas, como el tiznado y el mal olor  y, lo que era peor, peligro inminente de incendios. Fueron esas antorchas que permitieron que Nerón toque el laúd y declame sus malos versos mientras sus matones prendían fuego a los cuatro costados de la ciudad, para luego dedicarse a la construcción de una nueva urbe.

Luego hizo su aparición la candela, innovación que aparejó el retorcido de papiros o simples estopas, usando para ello cera de abeja o simplemente sebo; esa fue la antepasada más remota de las actuales velas. Más tarde  hicieron su aparición las lámparas de aceite, lucemae, que otros pueblos del mundo se encargaron de darle formas peculiares hasta otorgarles poderes sobrenaturales, como sucedió con la de Aladino. 

Las lámparas alcanzaron gran esplendor en las iglesias y las cortes monárquicas. No obstante de ello, la humilde vela persistió en su existencia  y supo vencer las vicisitudes de todos los tiempos y permanecer en toda circunstancia en la vida de los hombres, de ahí que sigue presente en toda celebración y mesa conmemorativa. Marcial, el poeta romano, le dedicó estos versos: aunque doy luz a convites enteros con mis llamas y teniendo tantas mechas, me llaman solo lámpara.

La particular subsistencia de la vela,  frente al más importante de los 1.093 inventos dejados por Thomas Alva Edison, quien en 1879 lanzó el prodigio de la bombilla incandescente, es simplemente prodigioso. Ambos, en el transcurso de los siglos, no ha parado de tener innovaciones, permaneciendo en eterno connubio.

Las fiestas de Navidad y el pesebre que cobija al Salvador son testigos veraces de la convivencia de ambas formas de iluminación, ambas entrañan  un mismo significado: alumbrar el camino que nos conduzca al encuentro de la luz perpetua.