Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 27 de febrero de 2021
  • Actualizado 05:32

Con espanto, Tito Livio nos describe la costumbre de no enterrar a sus muertos que tenían las huestes bárbaras, los abandonaban en el mismo lugar del deceso, para que la naturaleza cumpla su trágico ritual. Tal hecho, contrastaba grandemente con las prácticas que los pueblos más civilizados hicieron de la sepultura, como una especie  de obligación moral, a quienes los precedieron en vida.

Antígona, pese a la prohibición oficial, echó unos puñados de tierra sobre el cadáver de Polinices, lo que le significó el sacrificio de su propia existencia, antes de incumplir ese deber ético.

Es ampliamente sabido que los romanos establecieron normas rígidas y detalladas respeto y veneración de los ancestros y lugares donde reposaban sus difuntos. Al esclavo, pese a su condición servil, se le concedió el derecho a que su sepultura sea considerada sacra y,  por tanto, inviolable; no obstante, también establecieron prohibiciones y sanciones contra aquellos que quemasen cadáveres dentro de la ciudad.

Desde los inicios del cristianismo, los enterratorios y catacumbas fueron considerados como lugares de recogimiento y respeto. La asistencia a los moribundos se elevó a la categoría de sacramento y el entierro una obra de misericordia. No es casual que los cementerios, durante siglos, estuvieran anexados a las iglesias, siendo ellas también destinadas como depositarios de restos humanos, en muchos casos.

La pandemia que nos azota, ha desbaratado toda la tradición y el respeto que debemos a nuestros caídos, como si se tratase de mazorcas desgranadas, cuyos frutos se aventaban por doquier. Nuestros enfermos, potencialmente más numerosos y próximos al desfallecimiento, se hallan privados del acompañamiento familiar, del calor y asistencia en los momentos postreros: los deudos tienen su propio. Palabras de los obituarios clásicos, que anunciaban que alguien dejó de existir rodeado de los familiares, han desaparecido del lenguaje común. Tampoco velorios y acompañamientos en el sepelio existen ya. Ni qué decir del abrazo fraterno que consolaba la pérdida.

Sin embargo y pese a las desdichas, el corazón humano guarda un sitio privilegiado para los ausentes queridos y es ahí que las rimas de Bécquer: "¡Dios mío, qué solos, se quedan los muertos!” dejan de tener sentido.


"CUCHO" JORDÁN Q.

Abogado, docente e  historiador del Derecho

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