Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 07 de diciembre de 2019
  • Actualizado 23:33

Inquebrantables

Tanto la humanidad como los pueblos, en el transcurso de su historia, afrontan situaciones que destrozan su presente y estigmatizan su futuro. Estos hechos, unas veces producto de la naturaleza, no pueden ser previstos ni resistirse, o en caso de preverse, se hace imposible resistirlos y combatirlos eficientemente. Pongamos como ejemplo Pompeya frente a la erupción del Vesubio; patético, lamentablemente no el único. De manera similar, acciones humanas marcan hitos, tanto para bien como para mal, en todos los tiempos y en todas las naciones. Stefan Zweig, un noruego, relata magistralmente en un libro por muchos execrado, la actitud que motivó a Pérez Reverte la siguiente observación: “Una joya que hace 20 años los cretinos de la literatura despreciaban, que les ha sobrevivido y ahora todos aplauden”;  el título de la obra: Momentos Estelares de la Humanidad, en el que afirma la existencia de 10 minutos en la vida de los hombres, en los cuales se labra la tragedia o grandeza de sí o de sus pueblos.

Los bolivianos, hace un año que enfrentamos a uno de esos momentos, cuando  la máxima aspiración  nacional, el ideal aglutinante  de nuestras propias diferencias, se hizo trizas ante la lectura de una sentencia judicial del Tribunal Internacional. Doce de los quince magistrados que lo componían dijeron no a nuestra demanda, por no haberse probado ninguna de las causales esgrimidas para reclamar la existencia de actos unilaterales y la obligación de negociar nuestro derecho soberano al océano Pacífico. 

El actual presidente e ilegal e inconstitucional candidato al mismo cargo en las elecciones que deben llevarse a cabo dentro de un lapso breve, es el responsable directo e inmediato de tal hecatombe nacional; de nada sirve pretender soslayar responsabilidades, mitigarlas y menos aún plantear corresponsabilidades. La CPE le encomienda dirigir la política exterior.  

El actual Presidente fue quien utilizó el sagrado tema del mar, como instrumento para sus propias aspiraciones, y como revestimiento de garrafales errores de su administración para encubrir los delitos cometidos en su gestión. Profanó un ideal hasta el extremo. No existe causal disminuyente de responsabilidad ante ello; todos los ensayos de minimizar o encubrir la derrota sufrida es vana. Aprovechar cualquier evento nacional o internacional para minimizar la derrota sufrida nos llena de mayor vergüenza. El resultado final que debemos enfrentar es que nuestra situación de mediterraneidad no la podremos reclamar nunca más ante órgano internacional alguno.

A un año de ese luctuoso acontecimiento, y pese a la adversidad del fallo de la Corte Internacional, como en otras circunstancias, solo queda el convencimiento de nuestra entereza ante el infortunio y la firme decisión de no repetir los errores del pasado. El autor que dio pábulo a este artículo nos recuerda: “La inmortalidad se reserva a los pueblos que guardan la coherencia entre sus pensamientos y sus actos, a aquellos que conservan la inquebrantable voluntad de luchar ante lo que se ha perdido”. Esa  voluntad, menos mal, se puede expresar en las urnas.