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  • Diario Digital | viernes, 24 de junio de 2022
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Armando la guillotina

Armando la guillotina

Al día siguiente de la caída del muro de Berlín, uno de los más prestigiosos tratadistas, Alain Touraine, impactado por el hecho, escribió los años 2006-7 sobre el prolongado y tortuoso camino que hubo que recorrer la democracia, para enseñorearse como el sistema político más próximo a la concreción de los ideales de  libertad e igualdad que los seres humanos ansían. Este régimen, antítesis exacta de aquellos que sostienen y predican paraísos perdidos, reinos del autoritarismo y la voluntad omnímoda del líder carismático, el partido o la ideología de la sumisión y el desprecio, en la cual la élite dirigente asume la voluntad popular y el hombre es un mero engranaje recargable. Sostiene, el autor, que sistema incluyente, solo es posible en la medida en que todas las instancias que median entre gobernantes y gobernados asuman la existencia del espíritu democrático y ejerciten los valores que la inspiran, entre ellos la dignificación de la persona humana y la vigencia del Estado de Derecho.

En el caso nuestro, el difícil camino a la democracia tuvo su propia dificultad frente a las arremetidas de los sistemas antidemocráticos de la década de los sesenta, de tales experiencias  surgió la convicción y  voluntad popular de su recuperación, tarea de sangre, sudor y lágrimas.

Posteriormente, los años 2006-7, los constituyentes bolivianos modificaron la Carta Constitutiva, ratificando los principios democráticos y la vigencia del Estado de Derecho y se proclamó que la esencia y el destino del régimen se basaba en el valor y la dignidad humana (Art.306.V),  consagrando, para el efecto, derechos, garantías y acciones de defensa.

El mesiánico gobernante guardó, cual Melgarejo, la Carta en el bolsillo e impuso su voluntad. Fue que frente a ese desatino e ilegalidad, el pueblo se impuso. El tirano renunció y dejó el país, nombrado un gobierno de transición con el objetivo de convocar a elecciones e reinstalar la democracia. La mujer nombrada para el efecto, cumplió sagrada y puntualmente ese cometido. El sátrapa y sus secuaces llamaron a tal cumplimiento: golpe de Estado y centraron toda su acción en la venganza.

Y ahí estamos. La señora Áñez, privada ilegal e ilegítimamente del ejercicio de sus legítimos derechos, privada de su libertad, procesada por un órgano judicial vil y corrupto. Agazapados y temerosos, jueces y fiscales retrasan su sentencia. La inocencia de la encausada los afrenta, no obstante, la prebenda los anima a seguir armando, sigilosamente, en las sombras: la guillotina.

TEXTUAL

"Cucho” Jordán Q.

Abogado, docente e  historiador del Derecho

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