Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 07 de diciembre de 2019
  • Actualizado 10:47

¿Arde Cochabamba?

La manida y reiterada expresión en labios del presidente: Evo cumple, es una verdad de perogrullo. Prometió una inédita democracia y va en eso, sin respetar las reglas constitucionales, sin verdad ni transparencia, sin pluralidad ni libertad. Frente a la crisis  que nos asola, emergente de un posible fraude electoral, en ejercicio del legítimo derecho a la protesta, el pueblo se manifiesta sin provocaciones, ante ello y nuevamente el Presidente, con su ironía proverbial y primaria, se mofa de las formas pacíficas y simbólicas usadas por los ciudadanos y manifiesta públicamente que no es  con cintas que se bloquea y que él iba a enseñar la forma y manera de hacerlo; y Evo cumple. Ordenó a sus huestes el sitio a la ciudad con la violencia ejercitada en las prácticas paramilitares, localizadas en campos de entrenamiento en tierras de nadie y el ataque devino con amenazas, insultos, golpes y destrucción, así como latrocinios y  efectiva y manifiesta cobardía. Todo ello se halla fehacientemente documentado por la prensa libre y desprotegida; muestra de ello el ataque cruel y  salvaje contra Pablo Walker Villarroel; la ferocidad insana contra El Pueblito, el incendio del cerro de San Pedro, los destrozos por doquier al paso de sus hordas. ¿Quiénes herían la ciudad? No eran otros que aquellos que se benefician de los hospitales, colegios, carreteras, mercados, que la ciudad capital les brinda, sin embargo cual vándalos la arrasan. Ante el descuartizamiento de nuestra ciudad –también de ellos- los encargados de velar por la tranquilidad y el orden público, miraron de soslayo y con desvergüenza protegían la invasión. El departamento, supuestamente reducto del masismo y por tanto con una bancada mayoritaria, calló vergonzosamente la agresión, dejando lejos los juramentos de fidelidad con la tierra a la que prometieron servir. Sus autoridades departamentales guardaron silencio cómplice y complaciente frente a los hechos. La defendieron los ciudadanos honestos, liderados por un cuerpo joven y pletórico de amor por su tierra; y con la certidumbre, el convencimiento y la esperanza de alcanzar un futuro democrático civilizado. Otros, mascullaron su impotencia y simplemente la manifestaron; la prensa independiente se jugó el pellejo por los hechos.

Ese desenfreno al mejor estilo fascista, nos recuerda un hecho histórico bastante conocido. Durante las postrimerías de la ocupación nazi a París, próxima liberación; Hitler, criminal y paranoico, ordena incendiar París, decisión que es trasmitida al gobernador alemán de esa ciudad. Al día siguiente, el Fûhrer pregunta: “¿Arde París?” La respuesta desde Francia es un no monosílabo negativo; exasperado, el dictador pide una explicación. Ante ello, su interlocutor coloca el auricular telefónico en la ventana y vivamente se escucha miles de voces que entonan La Marsellesa y el repique de las campanas de París.

Es imaginable suponer que frente al fracaso de la invasión bárbara, a la tierra que es nuestro hogar, alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, haya interrogado por qué no se cumplió la orden superior; entonces la respuesta haya sido el coro de voces reclamando paz, libertad y democracia.