Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 28 de marzo de 2020
  • Actualizado 16:57

Rumores virulentos

Los primeros días del brote de COVID-19 en el país lamentamos oír noticias de personas e incluso personal de salud, que se apostaron en los ingresos de los hospitales para impedir el ingreso de pacientes. Por redes sociales se hicieron acusaciones anónimas que responsabilizaban a la paciente de una transmisión dolosa, afirmando que ella sabía que tenía la enfermedad y que retornó al país pretendiendo “morir en su tierra”, ¡qué madre querría eso para sus hijos! respondió indignada la hija en una entrevista. Fruto de esta infamia ella y sus familiares fueron insultados, amenazados con cárcel e incluso con ser linchados. La señora considerada la paciente 0, salió de Italia sin ningún signo de contagio y cumpliendo los protocolos implementados por ese país. Hoy ella ha superado la enfermedad, pero sus vecinos y compatriotas, ágiles para dejarse llevar por rumores malintencionados y cargados de ignorancia siguen afuera, alentando la persecución, aplaudiendo a quienes como el diputado Edgar Montaño Rojas del MAS piden cárcel para los enfermos. Por otro lado, pobladores de una aldea en Perú, temerosos del contagio del COVID-19 prendieron fuego a cientos de murciélagos convencidos de que estos son los responsables de su transmisión. El Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (de Perú) logró rescatar aproximadamente a 200 de los especímenes atacados e informó que se trataba de especies inofensivas. Otra expresión irónica de lo insensato de nuestras acciones son las procesiones organizadas para que el coronavirus no se expanda. En la edad media se creía que la peste era un castigo divino por lo que algunas personas se trasladaban entre pueblos flagelándose y pidiendo perdón a Dios, por la suciedad y las heridas atraían a ratas y con ellas las pulgas que transmitían la enfermedad, diseminándola. La enfermedad vista así terminó por culpabilizar a los enfermos, es decir, estigmatizarlos moralmente, pues debían estar sufriendo por algún pecado, proyectando sobre la enfermedad lo que uno piensa sobre el enfermo o sobre el mal, lo que expone los prejuicios, debilidades y miedos de nuestro propio ser. El coronavirus puede sacar lo peor o lo mejor de nosotros, hasta ahora parece que vamos perdiendo.