Opinión Bolivia

  • Diario Digital | martes, 12 de noviembre de 2019
  • Actualizado 23:12

El juego de los de arriba

El juego de los de arriba

No quisiera escribir hoy o quisiera hacerlo sobre otro tema. Me gustaría poder escribir para hablarles sobre las ganas de vivir que tenía Jhoselin C. o sobre los vientos huracanados que sacudieron San Julián; pero no puedo.  

Desde el 20 de octubre siento que somos tristes peones en un tablero, en el que juegan otros. Por muchas convicciones, deseos y esperanzas de transformación que alberguemos, ellas no van a cambiar el hecho de que son ellos los que deciden por nosotros y han decidido resolverlo en las calles, no les importa que se derrame  sangre siempre que no sea la suya. 

Cobardemente se esconden detrás del colectivo, son la mano que tira la piedra y luego se esconde esperando que aflore la violencia, que sumen las cifras de heridos y muertos para que la rabia y el dolor nos transformen en aquello que perseguimos.   

Cobardemente enmascaran sus mezquinos intereses detrás de palabras como paz, democracia, arrogándose unos y otros la representación de un pueblo que somos todos: nosotros, aquellos y también ellos.  

Duelen los heridos, duelen los muertos, duelen las familias que con un nudo en la garganta esperan al  final del día el retorno a salvo de sus seres queridos.    

Duelen quienes salen obligados, duelen los mercenarios, duelen los serviles  y duele, sobre todo, el espectáculo cruel y deshumanizante de verlos convertidos en instrumentos del fanatismo y la intolerancia de quienes miran el tablero, esos que podrían poner fin al macabro juego; pero no, no se conduelen ni un poquito. Para ellos cada herido, cada muerto es una víctima que achacar al adversario y una bandera que reivindicar a su favor. Lo demás no importa. 

La paz es rehén de la pugna entre dos grupos de poder, uno que pelea por mantenerse y el otro por reemplazarlo. Si no hacemos las cosas bien, confiaremos nuestras esperanzas  en oprimidos que sueñan en convertirse en el próximo opresor.

Necesitamos una gran dosis de desengaño y ser capaces de encontrar la  esperanza detrás de la impotencia y el dolor, para no exacerbar la violencia con más violencia, para aceptar que solo la reconciliación y el diálogo podrán acercarnos a la paz. Desconfiemos siempre de quienes nos digan lo contrario.