Opinión Bolivia

  • Diario Digital | sábado, 06 de junio de 2020
  • Actualizado 16:35

Autoridad y poder

Autoridad y poder

Es muy fácil confundir autoridad con poder. Hace años alguien me dijo que se puede tener poder, pero que la autoridad se gana y es que a una persona que tiene poder la puede obedecer la gente  por obligación; pero sin el cargo solo la seguirá si confía en ella, si la respeta.  La diferencia es que la primera se sostiene en la fuerza y por la fuerza mientras que la segunda se sostiene en la convicción  que es un impulso íntimo. 

Confucio decía que el verdadero soberano gobierna a su pueblo únicamente mediante su moralidad ejemplar y esa es la base de su autoridad.  En un sistema ideal  el gobernante debe ser  el ejemplo de generosidad, austeridad, honestidad y renuncia de sus intereses personales a favor del  pueblo, es cierto que son muy pocos quienes han alcanzado un nivel de reconocimiento de esa naturaleza; pero es más cierto que un gobernante que carezca de esos valores ha perdido toda autoridad moral sobre sus gobernados y solo podrá apelar a la fuerza y al temor para sostenerse.

En Bolivia hemos tenido tres tipos de gobiernos: electos, golpistas  y aquellos surgidos de la contingencia o el azar.  El Gobierno transitorio nunca tuvo la legitimidad de las urnas, llegó al poder fruto de una casualidad y  se confundió gravemente al creer que el respaldo a la legalidad de la sucesión constitucional era un capital político propio.

Quiso más y perdió lo que tenía.  La Presidenta  transitoria tenía una sola tarea: convocar a elecciones  y administrar el Estado mientras surgiera un Gobierno legítimo de las urnas, pero unos meses se le hicieron cortos y optó  por  buscar prorrogarse en el poder cediendo a la  ambición personal  y a la presión  de  su entorno. Y si, todos los candidatos se mueven por similares intereses;  pero solo ella es Presidenta. 

En seis meses hemos visto denuncias de  uso indebido de bienes del Estado por parte de su familia, su entorno de confianza y sus aliados políticos, a lo que se suman  gravísimos casos de nepotismo y corrupción. En la desesperación sus más fanáticos defensores solo atinan a soltar: “pero el otro Gobierno era peor” y lo que dicen en realidad es: somos malos  pero había otros peores, argumento pobre que  es más confesión que exoneración.