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Temporada de zopilotes

JAVIER MEDRANO R. | 08 de diciembre de 2019

No todo en tiempos de crisis es malo. Cuando se produce un desequilibrio social, económico y cultural surgen momentos reveladores sobre las causas probables que gatillaron el desbarajuste. Existe una toma de conciencia social y política frente al momento crítico y asumir el desafío de adoptar medidas de ajuste y reparación con miras a encauzar la crisis y restablecer los equilibrios perdidos.

Pero también es imprescindible reflexionar que las personas cuanto más control pierden del devenir del mercado, de sus derechos y beneficios, incluso cuando perciben que el Estado se torna en un abusador, la sociedad se atrinchera en espacios, en territorios, en ideologías e incluso acuden a la protección de creencias religiosas en busca de un salvador que redima al pueblo de los agravios y oprobios de un dictador o de una crisis económica y social. Surgen los fanatismos y los extremismos, donde los actores sociales construyen sus propias comunidades, donde el valor radica en su reconocimiento de pares, antes que en una cuenta bancaria. En esta fractura social, aparecen los gérmenes de la xenofobia y la intolerancia.

Un clarísimo ejemplo de este fenómeno se vivió en Europa tras la caída de los mercados financieros e inmobiliarios. Los partidos y los Estados iniciaron políticas de ajustes económicos severos, exigieron verdaderos sacrificios a los ciudadanos para salir de la crisis económica generada, además, para colmo de males, por grandes conglomerados financieros y el ciudadano de a pie se vio sumergido en un pozo profundo de incertidumbre, depresión y hastío (...). Acá es donde surgen aquellos momentos de lucidez. 

De redención en medio de una crisis. La ciudadanía se autodefiende. Construye sus barreras, sus antídotos y se blinda frente a la crisis moral, política y económica.

Surge una lucha por el poder que en las sociedades democráticas pasa por la política mediática, la del escándalo         y la del poder autónomo de queja y reclamo público de los ciudadanos, a través de sus propios canales informales de lucha social —el fenómeno de las pititas—. La crisis de legitimidad partidaria se hacen evidentes y los ciudadanos le echan gasolina a los tildados de culpables con mensajes negativos e insultos en una enorme espiral de autodestrucción colectiva (...).

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