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[Nido del cuervo] Fuera del ring

Opinión Bolivia | 07 de abril de 2019

Sobre un libro de la escritora cruceña Liliana Colanzi.


Hay algo que leí hace algún tiempo y que mi mente evocó nuevamente mientras leía este libro, es acerca del pacto entre autor y lector, el pacto ficcional, ese acuerdo implícito que permite la verosimilitud de la ficción, resumido prácticamente en: me creeré cualquier cosa que me lances en tanto lo narres bien. ¿Es un poco reduccionista? Si, lo es; pero alumbra sobre lo que viene. Yo no soy partidario de una actividad pasiva del lector frente a la obra, yo no creo en un lector que dé una oportunidad al autor, más bien nos propongo como un lector combativo, uno que rete al autor, uno que cada vez que compra un libro piensa: ¡Vamos! Dame tu mejor golpe; pues todos buscamos de un libro, espero, algo que nos marque, nos afecte, nos quite el aire o nos sacuda en nuestro sitio.

Primer combate: Beltran vs. Colanzi (enero de 2019) llevado a cabo en el Vacaciones Permanentes Arena. La retadora tenía una larga trayectoria de victorias por K.O.: ganadora de la categoría de Comunicación Social en el campeonato de la UPSA, ganadora de en la categoría Maestría en Estudios Latinoamericanos en Cambridge, ganadora de la categoría Doctorado en Literatura Comparada en Cornell, poseedora del título Aura Estrada 2015 y finalista en el Gabriel García Márquez de 2017. Es editora, periodista y escritora con tres obras publicadas en varios idiomas.

Esperaba una paliza. El combate fue auspiciado por una querida amiga que me regalo Vacaciones permanentes por mi cumpleaños; impaciente por la perspectiva de un glorioso encuentro, me metí en cama y comencé a leer de corrido todo el libro. Duró hora y media aproximadamente, a excepción de algunas partes bellamente dirigidas hacia mi alma, el combate defraudó al no poder la retadora conectar ningún golpe certero al corazón o a la cabeza.

La estructura del libro, y esto ya se ha señalado antes, permite que la lectura de los cuentos contenidos en él, puedan ser leídos como un todo, una sola historia dividida por partes, o de forma separada. El común denominador en casi todos es Analía, cada cuento arroja una perspectiva sobre la situación del personaje en diferentes periodos, al mismo tiempo que cada cuento es una unidad hermética que se basta a sí misma. La técnica es impecable, ahorro del lenguaje, buen uso de los tiempos, un fino sentido del humor, la narración es fluida, todo parece perfecto …salvo por Analía.

Analía, algo así como el personaje principal, dependiendo como se lea, es una chica de clase media alta que no hace nada, literalmente. Cinco de las siete historias del libro, excepto “Retrato de familia” y “Tallin”, hablan de cómo Analía es pasivamente arrastrada por los acontecimientos que determinan su vida. En 1997 Analía es una adolecente que vive en una familia disfuncional; detesta a su madre, detesta a su padre, extraña a su hermano, pero nunca hace nada para remediarlo más que desquitarse con la servidumbre. En “Rezo por vos”, Analía es la misma adolecente en una fuga amorosa con su novio, presumiblemente Diego, ambos con planes de casarse hasta que Diego atropella a un perro y ella se ve afectada por ello, pero es incapaz de expresar su repudio por el hecho, o por el cinismo de Diego, tanto que debe esperar hasta que le den un puntapié metafórico que la saca del auto y la obliga a retornar a casa por su cuenta. En Vacaciones permanentes, Analía queda embarazada de Diego, pero es incapaz de decidir si abortar o no, si contarle a Diego o no, si desaparecer o no; Nico, su mejor amigo, empuja la historia consiguiendo el dinero necesario para el aborto, al final del cuento solo se narra que ella accedió y que espera retornar a la normalidad con el tiempo. En “El fin de semana estaré bien”, Analía vuelve junto a Diego, pero es incapaz de afrontar que no la ama y esa historia no concluye hasta que él es quien la abandona para no volver nunca. En “Banbury Road”, pasaron algunos años desde los acontecimientos de los otros cuentos, adivinen quién es una mesera que se debate entre abandonar su aburrida y plana vida junto a su novio, y fugarse con dos desconocidos a viajar por el mundo. Hay una frase en este último cuento que resume toda la existencia de Analía: algún día.

Algún día, algún momento pensé cuando leía, pasará algo con el personaje, algo que genuinamente valga la pena y que no sea un cliché de la angustia adolecente, una apología al sufrimiento de los ricos (tengo mis propias desgracias en casa, muchas gracias) o una petición de compasión por la triste figura femenina sometida a un mundo de hombres. ¡Algo debes hacer Analía, por favor! Es quizás lo que más me molestó del libro. Yo me enamoré de Analía, era un gran personaje, uno complejo con muchas facetas tan profundas y tan poco trabajadas, condicionada a ser una muñeca Barbie adoptando distintas poses y sufriendo pasivamente de una terrible vida que conmueva, que obligue al lector a exhalar un suspiro lastimero.

Todos los demás personajes (la madre, Nico, Elina, Vicky) todos sienten el curso trágico de los acontecimientos y la única que apela a una existencia no heroica es Analía que, hasta el final del libro, busca adormecerse, fugar de su existencia. Me angustia pensar que quizás paso algo por alto o no logro conectar con las historias. En el prólogo de la edición de Vacaciones permanentes hecho por Tropo Editores, Fernando Iwasaki compara a Analía con Ana Karenina, pero a mi parecer no tienen nada que las relacione salvo el hecho de que ambas son mujeres. Analía, al contrario de su contraparte rusa, nunca decide nada, ni siquiera bajarse del auto en uno de los relatos más bonitos del libro.

“Tallin” es la única historia que no se circunscribe al ritmo descrito y por eso me parece la mejor. Elina madura, Analía sigue siendo una niña y su historia nunca avanza. El segundo round se dio sin pena ni gloria transitando la Villazón con casi idénticos resultados salvo que sentí pena por el personaje, como cuando ves a alguien transitar un camino destructivo y no puedes hacer nada para evitarlo más que acompañarlo con la mirada. Pudo ser mejor, es la esperanza que me queda para Nuestro mundo muerto, eso y la convicción de que un libro no hace al autor y que hasta nuestros fracasos nos llevan a alguna parte.



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