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Morir en los Andes

MARÍA ESTHER MERCADO H. | 08 de diciembre de 2019

La actitud del hombre frente a la muerte es inesperada aun cuando conozca que irremediablemente morirá o morirán los seres a quienes ama. Para la antropología el entender al hombre pasa por entender también el proceso de su muerte. 

En algunas sociedades tradicionales se hace énfasis en la relación con el alma y en sociedades occidentales actuales se la estudia como un elemento transformador observándola desde el plano de la memoria y el olvido. 

Suponemos que desde la más remota antigüedad el hombre ha experimentado esta realidad, pero no sabemos cómo la enfrentó y menos como la asimiló. Sin embargo y pese a todo, este acontecimiento provoca sufrimiento. 

Hablar de la muerte es complejo porque puede ser un tema religioso, cultural o social que se lo refuerza en el pensamiento simbólico, ya sea para que el difunto esté considerado un ícono o destinarlo a la indiferencia. Y es en ese sentido que debemos mirar la muerte, donde los encuentros y desencuentros nos muestran que cada cultura tiene formas de expresar el duelo a través del rito como condición del sentido social. 

En la cultura andina, los rituales mortuorios son categóricos en simbolismo y muy complejos en su realización. Los pasos de estos rituales son una sabia y sana elaboración de la experiencia de la muerte de los seres cercanos. No se da una negación ni ocultamiento del hecho de la muerte, se la enfrenta como parte de la vida; más aún, es fuente de vida, otra vida, otro status; y, por medio de los simbolismos presentes en el rito se va dando una respuesta, tanto a nivel personal como comunitario. 

El mundo de los muertos no es algo separado del mundo de los vivos. Esto indica que la muerte no rompe los vínculos que existen con la comunidad: el difunto sigue siendo comunario, aunque en una nueva dimensión; es decir, la comprensión de la muerte pasa porque esta situación genera vida. Tanto es así que, en noviembre se espera a las almas que traen la lluvia, de ese modo, la muerte da inicio a la vida. 

En efecto, la muerte no es un tabú en los Andes. Sin embargo, en situaciones trágicas tiene características especiales, lo cual se hace sempiterno. 

Ahora bien, las almas de personas que mueren trágicamente en accidente o asesinadas permanecen en este mundo y no tienen acceso al camino del retorno al principio. Sin embargo, son consideradas “riwutu” o almas tributantes. A estas almitas se las asume milagrosas y generosas con la comunidad y, en correspondencia, la creencia sincrética andina reza que deben ser atendidas con flores y velas en el lugar del deceso; por esta razón, en la periferia de las ciudades o carreteras principales, se observan altarcitos dedicados a ellas, pues cooptan las necesidades sentidas de muchos.   

Para concluir, en el duelo andino el rito ayuda a estructurar una respuesta, dar sentido a la vida y a la muerte y, a que el difunto siga perteneciendo a la comunidad. No será lo mismo un condenado al que nadie lo recuerda, nadie lo espera y está errando en la Pacha sin encontrar equilibrio. Estos condenados, que en vida fueron asesinos, son los que hicieron sufrir a la comunidad. Otro mundo religioso sugiere que son “almas en pena” porque no encuentran su lugar en el orden de la vida eterna. ¿Servirá de consuelo?

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