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Entrevista en el abismo de los pájaros

Opinión Bolivia | 23 de agosto de 2015



La poeta Emma Villazón (Santa Cruz, 1983) falleció el miércoles pasado, en El Alto, tras sufrir un accidente cerebrovascular. La muerte de la autora de Fábulas de una caída y Lumbre de ciervos ha causado gran conmoción en la comunidad literaria y cultural del país. En estas páginas la despiden lectores, escritores, editores y amigos, invocando su poesía.

Podría haberse llamado Emily y escribir una vez más: “No soltamos el puñal / porque amamos la herida”; o Alejandra, la que escribe enterrada bajo su nombre y rasga, escribe y dice “alejandra, alejandra/ debajo estoy yo/ alejandra”; o, inclusive, Idea, que ponía el cuerpo cuándo trazaba en el papel “ya no será/ ya no”; podría haberse llamado Sylvia y crecer, no soportarlo, escribir: “imaginé que volverías como dijiste,/ pero crecí y olvidé tu nombre”. También y mejor podría haberse llamado Gabriela y ella la hubiera llamado, a su vez, Pájaro, Jirafa, Ciervo, Agua y, al nombrarla, le escribiría en su poema “¿A qué?”: “¿Y si no viene hacia mí/ como flecha destinada,/ hacia quién es que ella iba/ con lo absoluto de su alma,/ así lenta así transida,/ así rasa de esperanza?”.

Podría haberse llamado Pájaro y ser, pero se llama Emma, Emma Raquel Villazón ¿Hacia quién es que ella iba? ¿Hacia mí? ¿Hacia los ciervos, los animales, nosotros los animales? ¿Hacia su casa, su hogar? Un día inesperado, como todo lo que importa, Emma me tocó con su poemario Lumbre de ciervos (La Hoguera, 2013). Me tocó en la frente, en las rodillas y el estómago, hizo estragos. Es tarde para pedirle una explicación, cualquiera. Llegué tarde. Cinco días después voló.

Las preguntas que abrió, las heridas, los nombres debajo de otros, las palabras ahora buscan solitas encontrarse con Emma en este ensayo de entrevista.

- Contáme una vez más de ese sueño que tuviste, ese con el hijo.

Sube a un alto puente y mira los techos codearse/ con la desnudez del cielo: es un paisaje tan celeste umbrío/ que imagina se esparce un ángel./

-Todavía no sé si tengo el hijo, dice.

¿Qué hijo? En el sueño me daban el hijo en un cerro/ en una aventura alpinista entre ramas copas densas caía / redondo rosado granada germen taurino auténtico –la píldoras/ traicionaban entonces (a pesar de la marca) y los cerezos/ volvían sus manos dulzonas en gesto de despedida/

No sabía qué perdida desde mi cuerpo emergía/ de pronto venía el hijo como el nombre de un/ dios cerrado o un indio coloso con el que solo se puede/ hacer piruetas para no caer ante él; luego él lloraba/ en mis brazos ¿!Un indio coloso!? Sí, sobresalía él, pequeño/ salvaje untuoso robusto en mi pecho/ e iba hacia mariposa o marca glacial infinita/ cargado a mí lo llevaba a mi oficio de espía de tramas y arbustos/

Lo único que sabía era que él no era mío a leguas lo olía/ aun así, depositaria de zumbidos secretos, de un boquete terroso fluctuante me asumía, debido a un ser no mío, siempre en el/ sueño: él me devoraba una oreja lentamente con su boquita/ en acción conjunta con la almohada/ el colmo de lo extraño me venía el hijo, el no –hijo/ - Todavía no sé / si voló (Poema “Sueño del hijo”).

- Sabemos que tu escritura es un hondo mirar, escuchar. Grandes observadores fueron los rusos, sus poetas y, sobre todo, sus cineastas. Hondo era el cineasta ruso Andrei Tarkovski, el escultor del tiempo. Conmueve cómo le dices a sus pisadas “lluvia” y no queda otra que imaginar los pasos de su personaje en Stalker, caminando entre la tierra húmeda y los charcos de un mundo sin tiempo, sin esperanza. El Espejo es otra de sus películas poéticas y es una especial, pues contiene los poemas del poeta y padre de Tarkovski, Arseny Tarkovski; hacia el final habla sobre el mirar, el ojo que libera: “A través de la retina vuela/ hacia el manantial del cielo,/ hacia el eje helado,/ hacia la carroza de pájaro,/ y oye desde las rejas/ de su prisión viviente,/ el parloteo de bosques y prados/ la trompeta de los siete mares”. ¿Qué viste vos en esta película, en el tiempo de Tarkovski?

árboles largamente doblados/ por un ventarrón que arrastra/ una enorme sombra de recuerdo/ ofreces en vasija debocada/

caces tallar y tallar a una garza con cosas conmovidas:/ niños con estrella filosa en las encías/ que juegan sobre la fatiga de lo maternal:/ la ácida rosa de todos los ciclos, aquella/ que responde, aunque no tenga llamadas, y reincide/

de noche atravesamos esos puentes,/ un blanco río sube a las espaldas, junto con españoles/ ásperos, campos que titilan, llamas en chozas largas como/ sorpresas de un inicio y confusiones que cuidan/ o arremeten con botas y gallos/

pero cuál es el prado desde donde empieza/ a germinar todo –hasta las cejas de / ella?, pareces dibujarnos en la tierra; o cuál aire/ desorientan las manos que con nuevos ojos/ quedan; en qué momento llega el diluvio insondable/ de afirmarse entre halcones y recuerdos?,/

parecemos hablarte, blancos, desde de las lilas/ ignorantes de cada hora ida, / ignorantes siempre de cada ojo, lluvia –como tus pisadas/

aunque sabedores de que a veces también hablamos, andrei,/ hablamos como las horas, la lluvia, lo inverso/ o lobos púrpuras de pasos intocables./

A A.Tarkovski, desde El Espejo, 1975 (Poema “Desde las lilas”).

- Me voy por Tarkovski y Rusia porque su arte es poderoso. Hay algo en su cualidad para contemplar la naturaleza hasta despojarla de su forma y ver la esencia, que es lo que tan bien aprendiste a hacer. Otra rusa es tuya: “mi Marina” la llamaste a Marina Tsvietáieva, la poeta rusa que te marcó para siempre, lo dijiste en La Paz hace poquito, en tu ponencia “La poesía de ayer y hoy en Bolivia”, durante las II Jornadas de la Literatura Boliviana, en la XX Feria del Libro de La Paz. ¿Cómo definirías su poesía, a tu Marina?

pliegues velados amordazados son/ palabras veladas amordazadas que el oído transcribe/ regresándolas al nomadismo la niebla para que rocen lo palpable vivible/ una fuente cordón umbilical sonidos del apareo/

tu oído es lo prodigioso: la sulamita soberana que dice/ yo te reconquisto –te desnudo-/ te hundo –te hago desaparecer /para que luego te veas ardas en todas las simientes/

marina tu oído es el cuenco donde mis brazos se multiplican se desarman/ bailan/ y te besan. (Poema: “Al oído de Marina Tsvetáieva”)

Respuestas, poemas, preguntas, palabras de la que se llama Emma. Emma Villazón nació en Santa Cruz en 1983 y murió en La Paz en 2015. Publicó Fábulas de una caída (2007) y Lumbre de ciervos (2013), de donde salen estos poemas. Participó en varias antologías, vivía en Chile, escribía en un lugar donde todos nos encontramos, uno sin nombre. Su nombre es Emma, la que escucha su voz, la que contempla el hueso que cubre y aprisiona la voz, ese hueso en la frente que en tiempo de dinosaurios y antílopes era caja de resonancia de una única voz, la animal.



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No se aleja quien nunca se va

(Recordando a Emma Villazón)

La muerte tiene métodos y tiempos caprichosos, afirmaba un escritor. Esta frase coincide con la inesperada e ingrata noticia del fallecimiento de Emmita Villazón. ¿Cómo enfrentar su ausencia si está tan cerca, tan presente? Querida amiga, rigurosa poeta, que marca una huella inquebrantable en todos los que la conocimos, sus lectores, y aquellos que seguirán compartiendo la lumbre de sus palabras, evocando una memoria compartida. En este caso, varios amigos, escritores, editores dedican las siguientes líneas para nombrarla. (Lourdes Saavedra)

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Emma apareció en mi vida gracias a la poesía. Tenía una mente lúcida y una sensibilidad única para nombrar las cosas. En cierta forma siento que nunca perteneció a este mundo. Su obra apuntaba a lo etéreo, al enigma. Su partida nos ha dejado un gran silencio. ¿Quién nos devolverá las palabras de Emma?  (Pablo Osorio)

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Tuvimos el gusto de contar con la poesía de Emma en la última versión del Tea Party (Tacna-Arica). Al festival invitamos autores que respetamos, que consideramos su obra es importante dentro del mapa actual de creadores latinoamericanos. La obra de Emma, como poeta e investigadora, fue generando durante estos años un camino notable no solo en Bolivia, sino también en Chile. Además de conocer a una escritora talentosa, Emma se hizo nuestra amiga y nos marcó con su alegría, su tremenda generosidad y una vitalidad tan grande como su inteligencia. Siempre la recordaremos como una gran compañera de ruta. Enviamos un abrazo enorme a su familia y nuestro querido Andrés (Ajens). (Daniel Rojas Pachas)

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Conocí personalmente a Emma y a Andrés hace más de un año en La Paz y constaté, una vez más y junto a Rimbaud, que la poesía y la vida o son una sola y misma cosa o no son: ambos trasudaban aquello que había entrevisto leyendo sus poemas. Creo que la poesía de Emma, en su delicadeza disidente de la idea de LO FEMENINO, así en mayúsculas, nos anuncia el agotamiento natural de la poética de la mal llamada “poesía femenina” de los noventa en Bolivia. Eso queda sobradamente confirmado en Lumbre de ciervos, poemario lleno de esa y otras felices intuiciones. Y como ella misma dijo en la última conferencia que dio en La Paz respecto a su poesía –citando a Rubén Vargas, otro poeta tristemente fallecido también este año- , a ella le interesaban más las intuiciones que las certezas. Su obra y vida son pues, junto a otras pocas, las portadoras de algunas de las más alumbradas intuiciones de la poesía contemporánea boliviana, de la que se fue, pero especialmente de la que vendrá. (Giovanni Bello)

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(18 de agosto de 2015)

Emma Richter me mira por primera vez primera. No le doy mi nombre. Simplemente, acompañado de Iris Kiya, pregunto por el estado de Emma Villazón Richter, su hija, la que, transportados al 2013, se lleva Rayo y simiente, poemario de Alcira Cardona, y semanas después me pregunta por David S. Villazón. Dos años hacen la distancia que se acorta con cada intercambio de palabras, con el envío que le hago meses atrás a Emma Richter, Emma madre, que hoy, martes 18 de agosto, me mira por primera vez primera. Es mayo, Emma madre recibe de manos del cartero: Arturo Borda. Historia desconocida de un artista boliviano. Emma hija, Emma Villazón Richter, desde Chile, sin haber palpado el libro nombrado, me envía dos libros por intermedio de Iris Kiya. Están acá. Conmigo: Memorias prematuras de Rafael Gumucio y Animales domésticos de Alejandra Costamagna. Todavía no los he leído. Tampoco sé, Emma, si comenzaste el libro sobre Arturo Borda, si el libro aquel está en Santiago o en Santa Cruz de la Sierra, si Albanella Chávez Turello te dijo que mi primer acercamiento a tu obra se lo debo a ella y a “Escritoras bolivianas de hoy” de Mara Lucy García. Queda no saberte no sabiéndolo.

Pero volvamos al 2013, omitiendo, Emma, que acordamos pasear por Elepé y De Facto, y quemar algunos libros de la mesita de saldos del qhatu librero, eso, durante la pasada versión de la Feria Internacional del Libro, la XX, en la que apenas pudimos vernos. Volvamos al 2013, al día siguiente de la presentación de Lumbre de Ciervos, presentación a la que no fui, como no fui al entierro de tu cuerpo, al entierro que me recordaría la distancia que se acorta con cada intercambio de palabras, emitiendo comentario por alguien más, fungiendo de intérpretes, tratando incluso al vivo como si estuviese muerto.

Kilómetros me separan del hospital, y de aquel encuentro producido en el hospital. Releo “Parlamento”, poema tuyo compartido al día siguiente por Liliana Colanzi. Releo, una vez más. He perdido práctica. Quizá nunca la tuve. Lo mismo que la poesía boliviana, si es que hay tal, que llegada esta noticia no ha asimilado la noticia. (Alexis Argüello Sandoval)

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Reconozco en Emma la figura de una poeta deslumbrante, pero mi primer acercamiento a ella no lo produjo un libro; lo propició Adriana Lanza durante la organización de la Feria del Libro. La Emma que yo conocí, fue una especie de Virgilio que se encargó de acercarme a la mayor cantidad de editoriales y poetas chilenos. Inmediatamente me cautivó con su capacidad para tejer vínculos alrededor de la palabra y sus autores. Supe entonces que estaba frente a una poeta que con generosidad ha logrado construir más vínculos entre países que cualquier otro embajador. (Wara A. Godoy Ruiz)

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A Emma (Fragmento)

Me habías escrito a lápiz en una hoja de papel:

“…pensando en que la muerte de mi abuela me había parecido ridícula, en que la muerte en sí es lo más ridículo del mundo, que un cajón y unas flores son lo más ridículo para contener una presencia y que la vida también es ridícula si nos empuja a enlazarnos con los otros y a quererlos y después con un chispazo de tiempo nos los quita.

“Que ella se haya ido me parece tan misterioso, tan anormal, tan cruel de parte de la naturaleza.

“Ahora vos dirás otra cosa, claro está, porque si yo digo muerte para vos sólo es algo irreal, un concepto, algo abstracto, hablarías como si tuvieras mucha experiencia en el asunto, pero la verdad es que nadie está preparado (…) raro que vos siendo materialista y ateo no aprecies este sentir, raro que no seas más lúcido de tus años y de tu muerte”.

Ay, Emma, pero es que entonces, es decir hace diez años -¡diez años Emma!- yo tenía 27 y seguía siendo el rey de los imbéciles nada más y vos eras una pelada de 22 y escribías cosas como esas, súper bien escritas y tan densas… ¿la muerte? Pero, ¿qué carajos es la muerte Emma?

Cuando te conocí personalmente, ya tu fama te precedía. Era hace diez años y ya tu fama te precedía. Más de un amigo enamorado o en proceso. Muchos querían a Emma o al menos un pedazo. ¿Alguien podría culparlos? No es que vos lo provocaras adrede, es que era inevitable que cualquiera capaz de distinguir un foco de un sol se fijara en vos. (Gustavo Rivero)

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La memoria del amor

Nos escuchamos una a la otra, esa penosa herida de salir de casa del nido para surcar el ruidoso tránsito por un mundo cada vez más confuso, hablábamos de la complejidad que implica partir, dejar la posición de cómoda de las viejas costumbres, para lanzarnos a este migrar, nos autoexiliamos definitivamente para procurar el amor del nuevo hogar, augurar nuevos senderos de conocimientos, para eso nos vamos tan lejos. Uno surca caminos lejanos y cada vez más lejanos para poder converger cerca del manto delicado y sublime que el amor nos da. Esa travesía vestida de cordillera y llano son las guardadoras del bello secreto que Emma Villazon, al abordar la riesgosa aventura a costa de su vida para poder conjurar el amor, y hablo del amor como cómplice culposa por padecer de las mismas afanes con distintos tormentos. Así partimos y ahora Emma hace el viaje más largo, liberarse del ropaje físico para trascender como la energía vital de la que estamos hechos. Teníamos muchos cafés y cervezas pendientes, teníamos muchos poemas y conversaciones por elucubrar. Pero el amor no termina con la partida, cito –”no se aleja quien nunca se va … dijo aquella que se va en la intercesión de los pájaros”-. Somos testigos del talento poético de la fuerza y de la magia de su singular poesía. (Janina Camacho Camargo)

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Emma, tú te alejas como se aleja el valle de un eco turbio. Nosotros, seres de barro disonante, nos enfrentamos y aferramos a lo que encierra tu silencio, al vacío que nos dejas entre cada imagen y palabra compartida, hoy apretamos los puños ante tu universo. (Pablo Cesar Espinoza)

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Parlamento

Emma Villazón

No se aleja quien nunca se va,

sale por la puerta real o irreal

y se despide en tono de lluvia ascendente o pájaro.

Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo

de instancias mayores, sobre todo

del lugar del origen, de esa torre ambigua

y amenazadora, siempre hambrienta de sueños idénticos.

No hay quien no requiera tiempo y fricción

para alcanzar la corrida en pos de su lengua.

El punto de tensión entonces

no reside en la cantidad de escenas y abrazos que aletean

o qué ciudad a mediodía se abandona, sino con qué

perfiles, llaves, piernas de sombra y cielos plegables

se parte, con qué

gigantes en sonrisas

—dijo aquella que se va

en la intersección del pájaro

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