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Dioses, títeres y otras divagaciones

Mijail Miranda Zapata | 23 de marzo de 2014

Uno habla de títeres como quien habla de cosas de niños, fruslerías. Uno no repara en que un teatrito de monigotes es una de las mayores representaciones del mundo. Uno no considera que en la vida todos jugamos el rol de aquellos muñequitos de trapo, cartón o tecnopor. Somos títeres del mercado, de las consignas, de nuestras ideas, de otras ideas, de la tecnología, de dioses, de otras personas. El ser humano es un títere que con los años va montando una escenografía particular, única, propia, pero no por eso deja se de estar sujeto a otras voluntades, a otras fuerzas mayores. ¿Pero, son (somos) los títeres seres completamente inanimados condenados al capricho de algún omnipotente marionetista?
Dejando de lado las inútiles reflexiones “teológicas”, habría que plantearnos cuándo un objeto adquiere vida, quién se la concede. Hace poco más de 10 años el coreógrafo y bailarín norteamericano William Forsythe, hacía una instalación en la que miles de globos suspendidos en el aire de un ambiente cualquiera, por lo general algún edificio patrimonial, se transformaban en una “Scattered Crowd”, una multitud dispersa. Una representación de los vínculos afectivos, morales, intelectuales de las personas. Cientos de miles de conexiones invisibles que nos hacen parte de algo, que nos aíslan, nos atan, nos envuelven. Espacios en los que el espectador, al ingresar se hace parte de la obra, es obligado a interactuar, a relacionarse con supuestos objetos inertes que, en cuanto dura esa danza, se transforman en los cómplices de una experiencia intensamente vital, de ida y vuelta. De lo “inanimado” a lo “vivo” y viceversa

Esa es la misma dinámica por la que transitan los espectáculos de títeres, con la salvedad que estos vienen haciéndolo desde muchísimo antes.
Entonces, ¿cuál es el papel del titiritero en toda esta puesta? Es evidente. No es solamente el hábil y poderoso trazador de un destino que le convenga o satisfaga. Es también un ser cuasi esquizofrénico, que se desdobla y vuelve así, que se hace débil para fortalecer sus creaciones, que es uno solo y varios en apenas unos minutos segundos. Es un tejido de voces, pensamientos, ideas, movimientos, imágenes, lo que se percibe, lo tangible entregado por un dios siempre invisible. Un dios que se fragmenta y desintegra por culpa, o virtud, de sus propias creaciones. El juego del titiritero es el de los dioses. Pero, ¿no será exagerado y arbitrario elevar un trabajo “menor” o “insignificante” al nivel del Olimpo? Claro que sí, en realidad, de eso se trata

Para la mayoría de los adultos, pedestres y mortales, eso es el mundo de los niños. Un cúmulo de ocurrencias que nunca trascienden la anécdota. Minucias. Un juego, un chispazo de ingenuidad, otro destello de inocencia, sonrisas fáciles, y así. Fórmulas para negarnos la nostalgia, el miedo, las verdades de aquellos años en los que el tiempo en realidad parecía existir, se vivía. Los días aún no se habían convertido en una odiosa responsabilidad, una carga, un cumplir las horas, una entrega cobarde de los hilos que nos conducen a dioses de artificio y papel. Nos hemos vedado la infancia para entregarnos a un inmenso teatro de marionetas. Porque, como en el fútbol, o cualquier otra cosa que todavía conserve el fuego del misterio y la alegría, lo mágico, las formas de los sueños y las ilusiones, la vida misma, siempre pueden hacerse rentables, funcionales a aquellos que se enguantan títeres hasta desgastarlos por completo y desecharlos. El poder. Es cuando el pequeño retablo deja de ser entretenimiento para niños y se convierte en una trinchera para resistir los embates de una maquinaria voraz. Un regreso a lo esencial, pequeños dioses regados alrededor del mundo peleándole el espacio a deidades universales

Sumergirse en la historia de algún muñeco parlante es retornar a territorios de los que parecíamos haber sido expulsados. Es recuperar conciencia sobre lo inasible, es darle la vuelta al mundo, subvertir los códigos de nuestra propia razón. Claridad. No importa que los monigotes hablen de sexo, política o filosofía, los tan de moda “títeres para adultos”, sigue siendo casi un juego, sigue siendo un ritual de seres inanimados apropiándose de otras vidas, para entregar otras tantas y convivir con más todavía. Todo mientras dure la función. Un cupo para la esperanza, que ahora mismo no parece tener boletos para el futuro. Un futuro sin esperanza, casi una paradoja. ¿Teníamos que hablar de títeres para llegar a ella?
Twitter: @mijail_kbx, [email protected]

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