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Conventillos, los últimos vestigios de antaño en La Paz

Redacción Digital | 16 de julio de 2019

La Embajada Cochabambina, un popular conventillo en la calle Castro, fue en su tiempo el epicentro de cierta bohemia popular. Allí llegaban decenas de jóvenes músicos y constructores de guitarras, mandolinas y charangos como Juan Sanzetenea, Adrián Blanco Molina, Julio López y otros. Allí arribó Luis Rico en 1965 desde Tupiza.




En una de las épocas más fructíferas y rebosantes del folclore boliviano y en los inicios de su carrera musical, Luis fue invitado a una peculiar boda de uno de lo vecinos. Esta experiencia derivó en una de las canciones que es parte del repertorio típico de La Paz, ubicándose a la altura de otros himnos populares como el tango “Illimani”, la cueca “Cholita paceña” o el taquirari “Collita”.

Luis Rico fue un testigo privilegiado de la historia paceña y se paseó por los vericuetos más tradicionales de la sede de Gobierno. Desde el barrio Santa Bárbara, donde se ubicaba el caseron “consular” de Cochabamba, al Miraflores de los 70 donde campeaban Calambeques y Marqueses, hasta su actual residencia en la zona de San Pedro, muy cerca de ese “monumento a la injusticia”, como califica a la cárcel que lleva el mismo nombre.



Pero fue en aquel refugio que lo acogió en su años de juventud, recién llegado y con escasos recursos, el que abrió en él una veta poética y narrativa que supo acomodar entre ritmos tradicionales y bailables. Así nació “Matrimonio en el conventillo”, una crónica maravillosa de la vida en vecindad que se guardaba en esos pasillos angostos y enrevesados que desembocaban en grandes patios, centros de la vida social y festiva, el corazón de la La Paz de antaño. 

“Cada fin de semana había alguna actividad, un bautizo, un compadrerío, un preste. Entonces, me llamó la atención un romance de una de las chiquillas más hermosas del conventillo con un ‘responsable’ paceño que era relojero, muy cotizado”, cuenta Luis sobre el origen de aquella composición. 

“Al enterarse que era músico (sus familiares) me encargaron armar una orquesta para amenizar el enlace y fui a buscar a mi amigotes, quienes estaban dedicados a la bohemia y la supervivencia de esa época”, rememora, aunque sin poder precisar el año que podríamos situar entre 1967 y 1968. 

“Sin ningún ensayo serio ni nada les propuse tocar esa canción que estaba dedicada a ese matrimonio”. 



El barroquismo acompasado y coreográfico que se desprende de la pegajosa melodía en ritmo de vals refleja fielmente las formas en las que se organizaban y convivían las barriadas que, a mediados del siglo pasado e incluso antes, se llenaban de migrantes de distintos lugares del país y el mundo, mientras echaban raíces junto a los viejos “linajes” de la hoyada.

“Esta canción describe esos conventillos que se están perdiendo, creo que quedan dos. Ambos están a punto de caerse, descuidados por sus mismos dueños e inquilinos”, concluye el cantautor potosino, entre la preocupación y la nostalgia. 

En este último punto el compositor coincide con la CEO de Restauraciones Supay y conservadora de bienes culturales Tatiana Suarez, aunque esta última considera que existen mucho más que un par. 

“La mayor parte de los conventillos se encuentran en estados ruinosos, fueron tan modificados, partidos, sectorizados, divididos, que casi no se puede reconocer elementos ornamentales o al menos pistas sobre las construcciones prístinas, a lo mucho queda la fachada como una especie de contención que abraza todo lo que vive dentro de la casa”.

Sobre este panorama, la experta ensaya una clasificación actual de estas edificaciones, según su uso y el daño patrimonial que han sufrido y sufren. A su criterio podrían añadirse, al menos, dos categorías más. 



Primero, las de aquellas casas de interés histórico que se mantienen funcionales gracias a negocios y oficinas, aunque completamente intervenidas y “reconstruidas” con el fin de hacerlas lo más rentable posible. 

“Muchos de estos espacios no solo sirven como vivienda, sino que también hay negocios familiares donde se vive, se vende, se come, se duerme y se ‘hace hacer’ las tareas a las wawas”, detalla.

Segundo, los que denomina “conventillos nocturnos”, que son edificios del casco viejo paceño que han sido convertidos en casas de citas, que “también se constituyen como agentes que dañan estos espacios, porque dividen los salones para hacer habitaciones y le restan valor a las propiedades” y ciernen un estigma social sobre las casas patrimoniales. 

Una perspectiva similar es la que plantea Luis Rico, quien comenta el caso del garaje Romero, un antiguo conventillo, hoy intervenido y acondicionado de todas las maneras imaginables para funcionar como un edificio multihabitacional. 

El artista señala el auge de la construcción como uno de los factores que acrecentaron la pérdida de importantes grupos arquitectónicos que configuraron durante décadas una especie de identidad urbana paceña. “La vorágine de la construcción, la bonanza económica del último tiempo, está contribuyendo para hacer crecer la ciudad en un sentido internacional y no mirando nuestra identidad”, reflexiona. 

Sin embargo, apunta, “hay algunos (espacios) que subsisten, como la calle Jaén, la calle Catacora, en la zona norte, que aún conservan esa ‘paceñidad’ en la arquitectura”.

Esta subsistencia es corroborada por Suarez, quien encuentra, además, otra característica vital. “Lejos de repudiar los conventillos, los considero valiosos espacios de resistencia para frenar el crecimiento de las arcas de las inmobiliarias y las empresas constructoras”. 

La restauradora considera que, si bien los conventillos concentran una gran cantidad de personas en espacios reducidos, lo mismo sucede con los edificios, “pero multiplicado por 15”, congestionando aún más el centro histórico de la sede de Gobierno. 

No obstante, más allá de la mirada bucólica y melancólica que puedan despertar los conventillos, lo cierto es que se han ido convirtiendo en lugares donde la precariedad y el hacinamiento conviven en niveles extremos. “En el aspecto social son espacios reveladores para tomarle el pulso a las ciudades”.

Suarez afila su mirada crítica y considera que “se cree que ‘la pobreza’ se encuentra en la periferia, lejos de los fastuosos edificios ediles, o los palacetes, se cree que la pobreza está lejos de una de las zonas donde el valor del suelo es uno de las más altos en toda la ciudad: el centro”. Finalmente, lanza una pregunta casi retórica: “¿cómo es posible que haya gente que no tiene luz o agua en plena plaza Murillo?” 

Pese a que el augurio sobre el futuro de los conventillos -como recintos patrimoniales y en cuanto a la calidad de vida de sus habitantes- no se perfila de la mejor forma, la especialista confía en que proyectos similares a uno que fue implementado en Potosí, en el que se reconstruyeron los habitáculos de todos los inquilinos respetando la fachada histórica y los elementos ornamentales como portada y balcones, además de modificaciones para mejor el acceso a energía eléctrica, agua potable y alcantarillado, puedan ser considerados por autoridades ediles.

De la misma manera, Luis Rico tiene proyectado recuperar el ánima de los conventillos que llenó con su música en los 60 y busca el respaldo de la Alcaldía paceña para viabilizar una restauración y organizar una actividad cultural que incluya a la tradicional banda municipal Eduardo Caba y un ballet folclórico, con el que ya tiene avanzadas algunas conservaciones para recrear esa La Paz que aún parece vibrar en su portentosa voz.

Este ambicioso proyecto, que tendría como registro final un video documental, se llevaría a cabo en uno de los últimos conventillos que conserva la organización y la disposición añeja, con dos o tres grandes patios como núcleo articulador. Se trata del edificio donde alguna vez funcionó la seccional de “Polecía” (bromea Rico) de Chijini, en la zona del Gran Poder. 

Pero, más allá de estos esfuerzos, muchos de estos edificios deberían estar protegidos bajo la norma que los ampara, aunque en los papeles no cuenten con una declaración oficial e independiente de patrimonio. “La mayor parte de las casas que circundan la plaza Murillo o la plaza San Pedro, o la calle Evaristo Valle, deberían estar automáticamente protegidas y contar con declaratorias tipo B, porque ellas conforman el imaginario social y el aspecto histórico de estos espacios”, aclara Suarez.


Curiosamente, no es esta declaratoria la que los protege de aquella vorágine inmobiliaria que mencionan reiteradamente ambos entrevistados, sino la desidia e inagotables chicanas jurídicas. “La situación de los conventillos es complicada a nivel legal, muchos están en proceso de usucapión o tienen muchos dueños, no hay a quién comprar legalmente estos espacios”.

“Podríamos decir que la situación legal de estos conventillos y la pereza de la Alcaldía de regularla están salvando un poquito el patrimonio arquitectónico y el paisaje de la ciudad de La Paz”, sentencia.

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