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El arte y la deconstrucción del enemigo

Opinión Bolivia | 09 de septiembre de 2019

Viendo al  voraz fuego oscurecer la Amazonía, muchos comenzaron a enumerar enemigos: la oposición, el Gobierno, brasileños, menonitas, comunarios, bomberos y, así, muchos culpables, buscando aplacar la rabia con un chivo expiatorio. Lo propio con el mar, la inseguridad en las ciudades, la falta de empleo, la educación deficiente o la precaria salud. En el cotidiano boliviano, ese enojo se torna en una habilidad social de cargar la responsabilidad en los otros: negar un hijo, no presupuestar recursos para cultura, evitar asumir el rol coordinador y facilitador, evadir la realidad de violencia de género con eufemismos, achacar el conflicto al otro.
Esa imagen del enemigo es caracterizada no solo por los atributos que sentimos como amenazantes, sino también por nuestros miedos. No asumimos nuestra responsabilidad individual y colectiva porque no queremos reconocer nuestra vulnerabilidad, sopesamos nuestras fuerzas con la habilidad de ocultar o negar nuestros defectos, peor aún, nuestros afectos. El arte, en cambio, sin afán de describir al artista, expone a la contemplación esta fragilidad humana, la exhibe con una técnica no discursiva, ajena a la pretensión.
¿Quién es el enemigo, sino el que apunta al espejo? ¿Quién es, sino, el que señala a su hijo, a su padre, a su vecino, al extraño? La caprichosa alegoría del prójimo podría ser obra sublime a nuestros ojos, armonía de nuestra voz, si tan solo le diésemos más sentido como hacemos con la música, la literatura, la danza. Nuestra mecánica de la violencia y la avaricia de poder, trajinan nuestros significados hasta hacerlos cenizas, como aves chiquitanas pulverizadas en un pitillo de billetes. Somos frágiles, sí, nos cuesta reconocerlo porque no contemplamos la vitalidad que hay en ello. Pretendemos ser “únicos” a golpe de negarnos como lo múltiple.
El nombre del enemigo es doloroso a los propios oídos cuando recuerdas y sientes que es tu congénere. La tierra se hará insoportable por el clima hostil y el hábitat artificial que estamos creando, si aún no nos sentimos capaces de resolverlo juntos, al menos rompamos con la falacia de la paradoja de la tolerancia que solo viene de suponer la preexistencia de enemigos.
La imagen del enemigo, es el rostro cubierto del amigo con la capucha de nuestros prejuicios. Si tan solo nos dejásemos mecer por la multifácetica imagen del arte, la polifónica voz de la diversidad y lo heterogéneo. Pero claro, es difícil porque el arte no da de comer. De comer da la máquina que nos mata.
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