Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 27 de octubre de 2021
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“La calle del diablo”

“La calle del diablo”



Con espíritu más bien tradicionalista antes que cuidadosamente histórico, imaginemos una pequeña Cochabamba de hace doscientos años cuyas repercusiones arquitectónicas las vemos todavía, pues el urbanismo comprensiblemente aldeano de aquellos días, estaba supeditado a la ubicación de conventos y monasterios, iglesias y capillas que dominaban grandes áreas de la aldea...

Cien años después, la hoy extensa calle "25 de Mayo" por ejemplo, -antes denominaba calle "Prado"- solo tenía un recorrido de dos cuadras, porque naciendo de la actual plaza ´-Colón" moría en la calle "Colombia", ya que el convento de Santa Clara, cercenaba su trayectoria, ocupando dos manzanas entre las calles de hoy "San Martín" y "España", aislándose por medio de macizos y altos murallones de tipo medioeval que aún se ven...

Hacia la mitad del siglo XVII, el lado este de la Villa de Oropesa, terminaba en una solitaria y polvorienta senda que hoy es la "suntuosa" avenida San Martín, mientras la calle de "Los Ricos" -hoy "Sucre"- descrita por Nataniel Aguirre en su libro Juan de la Rosa, era el tramo inicial que conducía a los verdeantes fundos del criollo Viedma, cuya inmensa "casa de hacienda" sería después el hospital que hoy lleva su nombre.

Durante los primeros años del siglo XX, en los cuatro frentes de la Plaza de Armas (en ese tiempo ya arborizada), habían surtidores de agua potable que alimentaban la sed de las familias del centro. Y en la entonces lejana plazuela de "Caracota" (hoy La Cancha) habíase instalado un quinto surtidor, además de otro que existía en la conjunción de las calles Bolívar y Lanza y cuyo ruinoso relieve aún se ve empotrado en la gran pared que encierra el colegio "Sucre".

Pero antes de tan "civilizados" días, la única corriente de cristalinas aguas potables y depuradas por su enorme y subterráneo recorrido, era la que saltaba a flor de tierra, como un manantial agreste, en el sitio donde había de formarse la amable calle "Ecuador" de nuestros días. Toda aquella región estaba cubierta por pequeños sembradíos de esmeráldicas legumbres y árboles frutales que perfumaban gratamente...

Un sendero serpenteador corría desde el extremo este (final del centro poblado) hasta el punto donde aparecía la corriente de agua llamada la "pampa pila" y que utilizaban "pongos" y "mitanis" como el camino directo a la vertiente. Con los años aquel sendero se convirtió en ancho camino de cabalgaduras y recuas de borricos que partían de Cochabamba, hacia el misterioso Chapare, casi en mortal aventura...

Y a la vera de aquel transitado camino, se levantaron pequeñas viviendas de gente industriosa; fabricantes de una chicha, destinada a ser bebida durante los adioses o las bienvenidas...

¡Oh milagros del tiempo!... Aquella senda de recibimientos y despedidas se tornó en calle. Calle que al efectuarse años más tarde cierta rectificación urbana, quedó en diagonal y automáticamente por su extraña ubicación y su pasado se le llamó la "Calle del Diablo"...

Calle sobre la que se habían tejido historias de aparecidos y de almas en pena y que en contraste insólito se convirtió en vía galante y pecaminosa, donde entre baile y jarana, se producían los primeros "strip-tease" del mundo a cargo de tres audaces cholitas que así se adelantaban a nuestros días y al éxito de tal espectáculo.

AHORA LA ANÉCDOTA...

En un tiempo no muy lejano, pero de obcecado fanatismo religioso, vivió solo horas de intenso romance una joven pareja de enamorados dentro del umbrío escenario de la vieja plaza "Colón". Se conocieron durante el mes de mayo, cuando en el Hospicio celebrábanse las santas jornadas nocturnas del mes de María.

Su pasión fue instantánea y fulminante, pues en el templo se cruzaban sus miradas como encendidos cirios y una noche, una noche serena abandonando la iglesia y protegidos por la amable sombra de los álamos y sauces, sus ardientes almas les dictaron el siguiente y furtivo diálogo como el primer capítulo y el último de su rosada novela de amor...

Él: -Me he enamorado de ti, como un loco. Te quiero ver siempre. ¿Dime dónde vives?...

Ella: -Yo también mi amor. Vivo en la Calle del Diablo...

Él: -(Con gran desesperación) -¡Santo Dios!... Allí nunca podré visitarte, nunca, nunca...

Ella: -Por qué, Dios mío... ¿Por qué?...

Él: -Porque soy católico, mi amor...

Y así quedó roto de un solo golpe aquel fanal dorado de tan electrizante como efímero romance. Pero por esos extraños avatares del destino, aquel joven enamorado de entonces y después venerable anciano, murió y entregó su alma a Dios en una humilde casa de la "Calle del Diablo"...

El cometa

El cometa es el astro compuesto de un núcleo poco denso, pero brillante y una cabellera que a veces cubre el espacio. Sin que se le vea precede al sol, lo rodea o lo sigue. Su nombre de cometa se origina en la voz griega "come" que quiere decir cabellera. Este misterioso monstruo vaga por el espacio describiendo órbitas originales. Es el brujo del planisferio celeste que se pasea consumiendo en su vuelo distancias sobrecogedoras...

Los cometas resultan los turistas de un mundo extraterrenal. Turistas capaces de visitar la Tierra, Venus o Júpiter, en pocas semanas. Y en pocos años llegan a las constelaciones y galaxias, distribuidas en las profundidades del Cosmos.

Nuestra Tierra -pequeño punto del Universo- casi perdido en el enjambre de astros y estrellas de la Vía Láctea, resulta ante el tamaño de los cometas, una existencia microscópica, como la del átomo en la materia. Sin embargo, dentro de esa pequeñez existimos los hombres con dolores y placeres, odios y amor, guerras y paz, civilización y cultura, considerando a nuestros mares y montañas como las más gigantescas concreciones de la obra providencial...

Edmundo Halley, astrónomo inglés, descubrió en 1682 el cometa que lleva su nombre, fijando su recorrido con admirable precisión en órbitas que durarían setenta y seis años al completarse. Sus tres últimas visitas al cielo de Cochabamba se produjeron en 1834, 1910 y 1986.

En el mes de abril de 1910, apareció este coloso como una estrellita lejana en el cielo de nuestro valle, para cubrir en tres semanas todo el horizonte, causando en el pueblo, asombro, inquietud y temor.

Se había señalado en los centros astronómicos del mundo, la fecha en la que el cometa estaría más cerca de la Tierra. Pero el suspenso morboso creado en el alma de los cochabambinos les hacía pensar en la posibilidad de una catástrofe definitiva, como la de producirse el fin del mundo Y así, comenzaron a florecer en el alma popular estados psicológicos curiosos. Hubo personas que regalaban sus fincas y sus casas y otras que hacían absurdos testamentos, legando sus bienes a los últimos habitantes de la tierra...

Y se produjeron pánicos en cadena. Grupos humanos huían de la ciudad hacia los campos abiertos. Allí pasaban las noches lo mismo que en las colinas cercanas o en las llanuras de Jaihuayco, donde no existiera el peligro de los derrumbes. Corrían pavorosos comentarios sobre la inminencia de agrietarse la tierra formando profundos abismos en el momento de la colisión.

La palabra colisión fue conocida por los niños de entonces como la frase que expresara el terror de la tragedia, el fin del mundo, el juicio final...

El pueblo no hablaba de otras cosas. Se movilizó el clero organizando "rogativas" que recorrían las calles con cánticos de lúgubre desesperación. En los campos, los indios de entonces, le pedían a Dios y a la "Pacha Mama" clemencia, mientras que arriba, en el lóbrego ámbito del cielo, el cometa estaba fijo como un dios aterrador. Los perros, sentados en sus patas traseras aullaban como rezando y apuntaban el hocico hacia la clara cabellera del cometa, espectáculo que para los niños resultaba escalofriante y macabro.

Sin embargo, durante la tenebrosa noche que se había señalado, no pasó nada. Todo el terror del mundo, fue solo producto de una psicosis colectiva. Según los astrónomos, la Tierra había atravesado el cometa, rasgando su cabellera, y sin embargo, aquel Rey de las Distancias, aquel cometa Halley, se fue perdiendo hasta convertirse en una lucecita sin importancia en el oscuro dombo del universo para diluirse en la distancia como el grano de sal lo hace en el agua.

Y AHORA LA ANÉCDOTA...

A medida que pasaba el tiempo desde la aparición del cometa "Halley", el comentario iba perdiendo su importancia dramática y más bien se charlaba sobre su aparición -en tono festivo, salpicando de gracia y donaire toda plática relativa. Se comentaba -por ejemplo- la edad de las señoras, puesto que algunas de ellas declaraban ingenuamente haberlo visto, circunstancia que acusaba sus años con solo contarlos desde 1910...

Sin embargo, la coquetería femenina sobre tales confesiones resultaba sutil arma rodeada de silencios y hermetismos estratégicos.

No obstante la pregunta siempre era capciosa:

- Señora: ¿Vio Ud. al cometa Halley?...

Y ella con suprema y extraordinaria prontitud respondía:

- No, pero mi padre me lo ha contado.

Otras veces el preguntón tropezaba con estupendas respuestas de señoras avispadas, que con los conocimientos básicos de la cosmografía respondían:

- No. No lo vi, porque estaba en Oruro...