Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 27 de octubre de 2021
  • Actualizado 05:18

El solitario

En la juntura de los ríos "Grande" y "Kkora" se encuentra Vinto. Paraíso de sauces, aguas hondas y cristalinas, verde grama y olorosa yerba, donde los radiantes días del verano se asentaban ciertas familias cochabambinas entre los años 1900 y 1910.

El río "Kkora" parecía entonces a los nuevos moradores, el diamantino mozalbete alegre y juguetón que saltando bajaba desde las alturas húmedas del "Tunari", para deslizarse por un curso de yerbas perfumadas e insumirse por siempre entre las taciturnas, mansas, pero profundas aguas del río "Grande"...

En las "rinconadas" de Anocaraire, Vilomilla Chocaya, -verdeantes faldas de la montaña- esperaban los "frutillares" tendidos como pisos de rutilante brillo y salpicados por las encendidas motas de su fruto sabroso...

Hasta allí, iban los veraneantes de Vinto a pasar todo un día de regocijo, llevando sus vituallas, mesas y sillas, sobre el fuerte lomo de pacientes "pongos", de una época pasada como un sueño.

Jóvenes de las viejas familias Morales, Chinchilla, Montenegro, Ríos, Méndez, Paz, Lanza, Montaño, López, La Torre, iban caballeros de briosos corceles, tanto más espectaculares cuanto más inquietos, mientras que románticas señoritas, sobre yeguas mansas, lo hacían vestidas con largos y rituales trajes de montar...

En el "frutillar", a la sombra de altísimas arboledas se entonaban tristes canciones con la dulce sonoridad de las guitarras, en las cuales los jóvenes varones cantaban su amor a coquetas y pudibundas muchachas, que insinuaban el atisbo de sus delicados tobillos, con la osadía de un primitivo "pantaloncito caliente"...

Las canciones eran tan lacerantes, tan tristes, tan emotivas, que la alegre reunión, se convertía en un diluvio de lágrimas...

En las lluviosas horas de la tarde, cuando el cielo le brindaba a la tierra, la fecundante mojazón de sus aguas, se improvisaba el sabroso y humeante yantar de escondidos quesillos bajo el "mote" de las habas, acompañados de azules y arenosas papas y la infaltable "llajua...".

¡Cuánta belleza esmeraldina en los alfombrados gramadales; cuánta belleza en el marco de los canales, cargados de aguas profundas, ostentando siempre el círculo ondino de algún pez travieso que emergiera con curiosidad humana!...

Y los sauces llorones y los cuchicheantes álamos y los molles de floración rubí, sosteniendo pacientes el abrazo de la comadre parra que ofrece al mundo las perlas negras y blancas de sus racimos...

Así era Vinto, durante aquellos días en que el siglo iniciaba sus primeros pasos hacia el horizonte de un futuro que guardaba en sus entrañas, como bombas de tiempo, las dos más grandes guerras de la historia y el apasionante viaje a la Luna.

AHORA LA ANÉCDOTA...

En el vegetado cerro de planos inclinados, especie de montura geológica que muere en la esquina de Vinto, ocultaba su existencia un extraño ser humano. Era un hombre de vida terrible. Fabuloso mendigo. Figura legendaria que preocupaba a los mayores y atemorizaba a los niños.

Sin embargo, se descubría en sus ojos, una melancólica ternura, cuando los miraba...

Le llamaban el "Solitario". Habitaba en alguna cueva perdida entre los cactus, jarcas, molles y algarrobos; cueva cuya ubicación apasionante y sugestiva, nadie conoció jamás. El Solitario era un personaje infrahumano de más o menos cuarenta años, de larga barba hirsuta y sucia. Cubierto de andrajos, de un deambular silencioso, caminaba sin mirar a nadie y sin trabar conversación nunca...

Cuando iba rumbo a Quillacollo los domingos para abastecerse en esa feria, nadie le negaba nada. Su aislada existencia en la misteriosa gruta del cerro era famosa. Así, parecía el espíritu de la montaña. Y cuando al regresar encontraba el río "Grande" crecido, nunca dejó de cruzarlo para llegar a su albergue.

Manejaba una honda casera -posiblemente tejida por el mismo- honda de gran tamaño como para lanzar por los aires hasta dos kilos de peso. Por medio de tal instrumento de proyección, pasaba a la otra ribera su cargamento de frutas, carnes, panes y papas enviando todo hasta un punto determinado por su estupenda destreza...

Luego, se lanzaba a la corriente, venciéndola siempre. Y se perdía en aquel monte de espinosa vegetación, como un animal salvaje, sin que nadie le pudiera seguir los pasos...

La existencia del "Solitario" no pudo tener anécdotas. El hombre solo no las tiene. Fue más bien una leyenda, porque nadie supo nunca dónde ni cómo murió, si consumido por la soledad infinita del cerro o arrastrado por el turbión del río. Simplemente se esfumó para siempre en el tiempo y en el espacio, como se esfuma el agrio sabor de cualquier fruto silvestre...

Fue buscado con inquieta diligencia, mezcla de temor y curiosidad, pero nunca más apareció. Sin embargo colgada de un algarrobo, casi como un mensaje mudo y misterioso y cual evidencia de su vida y su destino, encontróse su "honda" batida por el triste y ululante viento del cerro...