Opinión Bolivia

  • Diario Digital | miércoles, 27 de octubre de 2021
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El “Riflero”

El “Riflero”
La Cárcel Pública de Cochabamba se hallaba ubicada en la esquina noroeste de la Plaza que hoy se denomina "Esteban Arze" y que en aquel tiempo se la conocía por la "Pampa de Carreras".

Recluido en esa cárcel, cumplía una condena por asesinato cierto muchachón de elevada estatura, carácter humano y ojillos ligeramente mongólicos pero vivaces. Boca grande, sensual y agresiva, acusaba un temperamento voluntarioso y una potente tendencia hacia el crimen...

Zalazar era su apellido, pero se lo identificaba en el mundo del hampa por el de "Riflero", sobrenombre relativo a un viejo rifle de su propiedad que utilizaba para amedrentar a los vecinos.

Una noche, gracias a sus hercúleas fuerzas y su gran resistencia, practicó en la cárcel el "forado" de circunstancias y salió por el, desapareciendo entre las tinieblas de la ciudad dormida. Conocida la noticia, ella colmó de pánico a la población. Saber que el "Riflero" abandonara la cárcel y estaba libre, era como suponer la huida de una fiera...

¿Dónde esta?... ¿Dónde se oculta?... ¿Desde dónde acecha?... Ciertamente, estas eran las frases de una palpitante incertidumbre popular coronada de trágicos presentimientos...

¿Dónde estaba el "Riflero"?... Desde lo que se llama la esquina de Vinto, bello paraje de Cochabamba, parten dos caminos. El antes denominado "real" a Oruro y el que se desvía a la derecha para diluirse en las quebradas de Viloma. Sobre ese camino, era dueño de una vegetada propiedad don Diógenes Morales, tantas veces nombrado a través de estas líneas. Viejo soldado de la guerra del Pacífico y abuelo de la dama cochabambina Doña Martha Baptista de Cortez...

Junto a la gran "Casa de Hacienda" y a poca distancia del camino, había una casita, morada de los Medrano, una familia campesina compuesta del padre, la madre, una bella pastora de diez y ocho años y un vivaz muchacho de diez...

Allí apareció el "Riflero" pidiendo albergue y protección y allí quedó oculto, debido a la generosa hospitalidad que le brindara la familia, hospitalidad acaso nacida del miedo a la bestia. El niño llegó a quererlo y admirarlo, con tanta inocencia, que robaba frutas de la vecina huerta de don Diógenes para congratularlo...

Una nublada mañana, el "Riflero", se ocupó de afilar pacientemente una hacha de Medrano. Requerido por qué lo hacía, contestó: "Quiero hacer leña. Así pagaré mi alojamiento..."

Y en la noche, cuando el ámbito del valle se embebía con las aguas caídas desde un cielo tormentoso, el "Riflero" cauto y acechante como un felino y... a golpes de hacha mató al padre, a la madre, a la joven pastora y al niño que robaba las frutas de Morales para convidarlo...

Luego, mientras que la sangre de sus cuatro víctimas comenzaba a coagularse, saqueó la vivienda y se creyó rico cuando halló ochenta bolivianos en una "petaca" familiar. Y así salió de la casa, perdiéndose en la noche, como se pierde un relámpago...

La noticia del salvaje y sañudo crimen, llegó a Vinto, voló a Quillacollo y alcanzó a Cochabamba en el frenético galopar de un veloz caballo, perteneciente a don Diógenes Morales. Conmovida otra vez la ciudad, se abandonó a un pánico increíble...

Movilizada la Policía, ésta logró ubicar la presencia del asesino en la manzana formada por las calles "Lanza" y "San Martín" y la acera Norte de la actual "Cancha". Fue cercada y a las tres de la mañana el "Riflero" era sorprendido en una casa durmiendo una estupenda borrachera de alcohol, de sangre y de lujuria en la cama de su amante...

Preso y engrillado, fue conducido a la Central Policial en medio de un cortejo lúgubre y silencioso. Y como un símbolo, fue enjaulado junto a un cachorro de tigre que la Policía guardaba como mascota...

Y ahora la anécdota...



El juicio criminal contra el "Riflero" iba camino de su fin. Era segura la sentencia de muerte. Pero un día el criminal se sintió enfermo y fue trasladado al hospital "Viedma" para su curación...

En aquel nosocomio, cuando el "Riflero" cruzaba una de las galerías, un hombre de rostro desfigurado, cicatrizante y horrible piltrafa humana, saltó sobre el y trató de apuñalarlo en medio de dramáticos alaridos de venganza y furia en los que decía: ¡Yo soy Medrano! ¡Yo soy!

Y era así. Ese hombre de rostro desfigurado era Medrano que no había muerto en la masacre de Vinto y su destino lo hizo vivir muchos años más...

Se le podía ver después caminando por las calles de Cochabamba, cubierta la cara por una oscura y permanente bufanda que ocultaba un rostro sobrecogedor y truculento...

El "Riflero" fue fusilado en Quillacollo al pie de un gigantesco "sauce" que aún existe. No tuvo ningún coraje para morir. Lo hizo cobardemente ante un pueblo que espectaba electrizado su fusilamiento, pero sobre todo bajo la mirada de los fulminantes ojos de un testigo que era Medrano y que así bebía su venganza en el posible satánico gesto, oculto bajo la bufanda oscura...

Segundos antes de la descarga mortal, el capellán de la ejecución, colocó en el pecho del asesino un crucifijo que luego, una de las balas de la escuadra, lo atravesó...

De esta manera puede pensarse que Cristo muriera otra vez, por la redención de los malvados...

¿Verdad, lector que parece una novela?... Pues ocurrió hace sesenta años sobre el suelo que Ud. pisa...